La primera vez que tuve contacto con la palabra volatilidad fue en el colegio y, si no recuerdo mal, hacía referencia a la facilidad con que una sustancia se evapora o algo parecido. Con esa idea en la cabeza, la primera vez que escuché hablar de volatilidad relacionada con los mercados financieros me imaginé cómo las acciones se evaporaban y pensé que aquello venía a decir algo así como «lo siento señor, pero su inversión se ha esfumado».

Medida de la frecuencia e intensidad de los cambios del precio de un activo

Menos mal que me dio por estudiar Ciencias Económicas (sí, aunque no lo parezca, un día fui economista) y gracias a ello supe que la volatilidad es una medida de la frecuencia e intensidad de los cambios del precio de un activo. Se define como la desviación estándar de ese cambio en un lapso de tiempo determinado. Si tenemos en cuenta que la desviación estándar es una medida de la dispersión de un valor en torno a su promedio, el asunto queda zanjado y claro. ¿Sí, no? No.

Para entendernos, si tienes un amigo que está siempre disperso y otro que a veces está muy disperso; otras, solo un poco; y en ocasiones, hasta concentrado, puedes afirmar que el segundo tiene una alta volatilidad. El otro probablemente no llegue a nada, pero volátil no es.

Por simplificar, un activo tiene mayor volatilidad cuanto más rápidas y mayores sean las variaciones de su precio. Nos da idea del riesgo implícito de un producto en el pasado. Dado que todos somos producto de nuestra propia historia, eso da unas pinceladas de su riesgo futuro. Cuando uno invierte en un activo muy volátil la decisión sobre el momento de compra y de venta es mucho más crítica que en un activo con una cotización más estable. Vamos, que a mí la volatilidad me da un poco de yuyu.

Pero la volatilidad no solo se usa para hablar de un activo específico, sino que está asociada al comportamiento general del mercado. Mis compañeros de Radio Nacional que informan de la bolsa afirman con cierta frecuencia que hay mucha volatilidad en Ibex35. Siempre he entendido que en uno de esos días los inversores acaban más mareados que el menda en el barco pirata.

Si usted no sabe mucho de esto, es decir, si usted es un inversor pardillo como yo, cuando le hablen de volatilidad, salga corriendo. Yo estoy seguro de que entraría a comprar con los precios al alza, igual en el punto más alto, y que, cuando mi coche de la montaña rusa se despeñara a toda velocidad, del susto que me entraría en el cuerpo, acabaría vendiendo justo al llegar abajo, es decir, en el peor momento. En vapor no sé si me convertiría (hago referencia a la acepción química de volátil), pero estoy seguro de que sentiría un sudor frío muy desagradable.

Como se puede deducir del párrafo anterior, en temas financieros no soy muy amante del riesgo. O sea, soy el pequeño inversor español estándar. Conviene que antes de afrontar una inversión nos planteemos cuánto riesgo estamos dispuestos asumir. Una vez lo tengamos claro, analizar la volatilidad de una acción o de un fondo de inversión es el siguiente paso. Si usted es un poco kamikaze, busque una volatilidad más allá del 20%. Que es un poco cagueta, pues apueste por una volatilidad que no llegue ni al 2%. Y entre uno y otro están a su alcance todos los matices intermedios.

Por último, quería mencionar brevemente la volatilidad aplicada al mundo del fútbol. Es un fenómeno que siempre ha existido, pero que esta temporada ha alcanzado su máximo exponente en Gareth Bale. El hombre que se volatiliza en la mayor parte de los partidos hasta evaporarse y perderse la constancia de su presencia en el campo. Ahora, el que me volatilizo soy yo.