Invertir bien debería ser una prioridad para las familias. Sacar partido a esos ahorros que tanto cuesta generar nos ayudará a aumentar nuestro poder adquisitivo y nos permitirá alcanzar objetivos de largo plazo, como una buena jubilación, la educación de los hijos o la compra de una vivienda.

Pero si además pensamos en el invierno demográfico que se avecina y en el desequilibrio en las cuentas de la Seguridad Social, que supone todo un reto para las pensiones públicas, esta prioridad pasa a convertirse en urgencia. Más todavía cuando los depósitos ya no pagan intereses, debido a las políticas de tipos bajos de los bancos centrales. Por lo tanto, se eleva el riesgo de que el dinero ahorrado vaya perdiendo valor con el paso de los años.

Pese a esta realidad, los españoles tenemos mucho que mejorar como inversores, como demuestran estos datos: 

  • 850.000 millones de euros sin esperanzas de rentabilidad

Aunque los depósitos y las cuentas corrientes prácticamente no ofrecen rentabilidad, salvo promociones puntuales de las entidades, los españoles seguimos amontonando euros en estos productos. 850.000 millones de euros a cierre de agosto, según los datos del Banco de España, están en riesgo de seguir perdiendo valor si los precios de los bienes y servicios que consumimos siguen subiendo. 

No parecemos ser conscientes del daño que la inflación nos puede hacer a largo plazo. Con un IPC anual del 2% (ahora mismo por suerte estamos muy debajo), que es la cifra “deseada” por los bancos centrales para el crecimiento económico. Dentro de 30 años, nuestro ahorro perdería casi la mitad de su poder de compra si no obtenemos nada de rentabilidad.

Peso desorbitado en inmobiliario

Los españoles tenemos más del doble de dinero en activos inmobiliarios que en activos financieros. En concreto, de los más de 7,6 billones de euros de riqueza financiera bruta, 5,3 millones está en viviendas y otros inmuebles, según los datos del Banco de España a cierre del primer trimestre de 2019. 

Esto tiene varias pegas. Por un lado, excesiva dependencia de un tipo de inversión muy concreta en muy pocas zonas geográficas de un sólo país. Esto supone una tremenda concentración del riesgo. Por otro, la menor liquidez que tiene el inmobiliario respecto a otros productos financieros. Limitación que cobra especial importancia cuando se llega a la jubilación y se necesita disponer de rentas y fuentes de liquidez para mantener el nivel de vida. Los ladrillos no se pueden comer ni se aceptan como forma de pago para nuestro viaje soñado.

Inversión cortoplacista y muy conservadora

Con el dinero que invertimos en fondos de inversión y planes de pensiones tampoco sacamos buena nota. Pese a ser productos con filosofía de largo plazo, apenas se apuesta por la inversión en renta variable, el activo más rentable históricamente para horizontes temporales amplios. De hecho, un inversor en bolsa americana (de la que se tienen más datos) rara vez ha perdido dinero en plazos superiores a 10 años y nunca en plazos superiores a 20 años. Ni siquiera entrando en el punto más alto previo a una crisis.

En España, a cierre de 2018, tan sólo el 32% de la cartera de los fondos de pensiones estaba en renta variable, casi la mitad del dinero acumulado sumando renta fija y efectivo. Aunque como nota optimista, hay que destacar que esta cifra ha ido mejorando los últimos años. Hace un lustro se situaba por debajo del 20%. 

Aunque las comparaciones son odiosas, el fondo soberano de Noruega, cuya misión es “salvaguardar y construir la riqueza financiera de las futuras generaciones” y que está considerado una referencia en la inversión a largo plazo, tiene cerca de un 70% de su cartera en renta variable, un 27% en renta fija y sólo un 3% en otros activos. 

El exceso de conservadurismo en España se traduce en que la rentabilidad media ponderada de los fondos españoles sea de sólo el 2,05% a 20 años y del 2,5% a 15 años, cifra que casi solo llega para cubrir la inflación.

O sea, lo justo para no volvernos más pobres y una oportunidad perdida para aumentar nuestra riqueza.