Como un espejo de feria, el coronavirus ha distorsionado las cifras económicas: unos indicadores han salido disparados y otros se han hundido, generando todo tipo de explicaciones complementarias. Uno de los datos más fascinantes, considerado un factor clave para el aumento del nivel de vida de un país, es el de la productividad. En EE.UU. ha subido un 10,1% interanual en el segundo trimestre del año. Esta marca no se veía desde hace medio siglo. 

Distintos análisis relacionan esta mejora con el aumento del teletrabajo, un método que han tenido que adoptar casi la mitad de los empleados del país. Una encuesta de Deutsche Bank refleja que los trabajadores se sienten más productivos en casa que en la oficina. Por otro lado, un estudio de Airtasker -previo a la pandemia-, ya apuntaba en esa dirección: los empleados a distancia trabajarían, de media, 1,4 días más al mes. Tres semanas extra al año. Algunas compañías, como Cisco o la empresa de aprendizaje online Chegg, afirman que trabajar desde casa ha potenciado la eficacia de sus plantillas.

Entre las ventajas del teletrabajo estarían la flexibilidad o el ahorro de tiempo y dinero en transporte. Una serie de factores que mejorarían la concentración y la gestión del tiempo laboral. 

Un cambio de paradigma

Sin embargo, el hecho de que la pandemia sea un fenómeno relativamente nuevo hace temer que la energía desplegada por los empleados en sus casas se agote y se vea aplastada por el peso del hogar: las distracciones de la vida doméstica, los niños o compañeros de piso…

“¿Cuánto dura esto? ¿Cómo sabemos si alguien se quema?”, se preguntaba en The New York Times Satya Nadella, CEO de Microsoft, una empresa que también ha visto crecer su productividad en los últimos meses. Nadella teme que su firma esté “quemando parte del capital social que habían levantado en esta fase donde todo el mundo trabaja de forma remota”.

Un estudio del National Center for Health Statistics confirma los miedos de Nadella. El número de norteamericanos que dicen experimentar síntomas de depresión clínica ha pasado del 6% en 2019 a un 30% este año. La proporción de aquellos que padecen ansiedad casi se ha quintuplicado hasta el 36%. Parámetros que no tienen que ver con el clima laboral de cercanía humana y sentimiento de pertenencia que empresas como Microsoft intentan fomentar.

Otro motivo de esta visible mejora del rendimiento puede ser el miedo a perder el empleo. De la misma forma que la última crisis redujo el absentismo laboral, las tenazas del coronavirus, habrían servido de advertencia a quienes aún conservan la manutención. Al mismo tiempo que subía la productividad, las horas trabajadas en Estados Unidos se hundieron un histórico 42,9% durante el segundo trimestre.

¿Efectos engañosos?

Pero todas estas razones, probablemente efímeras y resbaladizas, dados los infinitos matices psicológicos, personales y prácticos del teletrabajo, pueden no ser más que un espejismo. “Que no te engañe esta llamativa estadística”, escribe Michael R. Strain, director de estudios económicos del think tank conservador American Enterprise Institute, en relación a la productividad. “Solo significa que los trabajadores menos productivos fueron los primeros en ser despedidos”. 

Según Strain, las empresas grandes y pequeñas han aprovechado el virus para librarse de quienes rendían menos y conservar a los trabajadores más eficientes. Esto ha hecho, inevitablemente, subir la productividad. Lo mismo sucedería con la compensación por hora: aumentó un espectacular 20% en el último trimestre. “Los salarios medios no suben porque los trabajadores estén recibiendo aumentos”, dice Strain. “En lugar de ello, suben porque muchos empleados con salarios bajos han sido despedidos”. 

Las industrias más afectadas por la pandemia en EE.UU han sido la hostelería, cuyo  índice de paro se disparó hasta casi el 40% en abril, y el sector minorista, con un 17,1%. Respecto al perfil del trabajador: a menor educación formal, mayores posibilidades de acabar en la calle. De acuerdo al Brookings Institute, el desempleo entre aquellos que no habían ido al instituto subió al 21,1%. Esto se traduce en más del doble que entre las personas con diploma universitario: un 8,4%.

La economía ha sido golpeada con tanta fuerza que sus indicadores han salido propulsados en todas direcciones; algunos hacia arriba y otros hacia abajo, creando efectos engañosos para el ojo del observador.