El agua es un bien público, pero no todo el mundo tiene acceso por igual. 844 millones de personas, un 11% de la población mundial, carece de un servicio básico de suministro de agua potable. Al año se producen medio millón de muertes a consecuencia del agua contaminada. Así y como consecuencia del cambio climático, muchos territorios padecen de forma cada vez más recurrente, graves sequías e irregularidades en las precipitaciones. Esto dispara el precio del agua y dificulta su acceso.

En diciembre del año pasado un pequeño hito hacía historia en Wall Street: el índice Nasdaq Veles California Water Index comenzaba a cotizar como un indicador de precios del agua en el mercado de futuros. Y, en concreto, nacía con la finalidad de gestionar el agua de las cinco cuencas fluviales más importantes de California. Entre ellas, cabe destacar el valle de San Joaquín, una de las regiones agrícolas más importantes de Estados Unidos y una de las que más está sufriendo las graves sequías que agostan el oeste estadounidense.

La noticia, que se difundió el pasado 7 de diciembre, causó un seísmo en la opinión pública. El debate en torno a que el agua cotiza en bolsa fue motivo de portada en muchos medios de comunicación. Por ello, antes de precipitarnos, conviene apreciar varias consideraciones al respecto.

El valor del agua en el día a día

En primer lugar, es necesario señalar que este mercado se ha limitado, como hemos mencionado, a un lugar geográfico determinado con el fin de atender las necesidades de los agricultores locales. Por tanto, que el agua cotice en bolsa no significa, por ejemplo, que vaya a especularse sobre el agua disponible en el Ártico.

En segundo lugar, se ha argüido que esta medida puede afectar a la accesibilidad que tienen los ciudadanos para su consumo doméstico. Es cierto que una variación en el consumo de agua destinado a actividades agrícolas puede afectar considerablemente a las reservas totales. El uso que hacemos de ella en nuestros hogares representa menos del 15% del total. Según la Unesco, la agricultura consume en el mundo entre el 60 y 70% del agua dulce. En España, en concreto, supone un 70% del total que se consume anualmente. En el caso de California, el Public Policy Institute of California (PPC), que ha realizado numerosos estudios sobre el estado de las cuencas hidrográficas y el uso del agua en la región, estima que el 40% se destina a usos agrícolas.

Por otro lado, es una medida que busca ayudar a los agricultores a lograr un uso más eficiente del agua. Por tanto, es justamente la escasez y no un ánimo especulativo lo que ha llevado a la aparición de este mercado. Ahora bien, estrictamente hablando, no es el agua lo que se cotiza en bolsa, sino los usos sobre la misma. Esto no es nada nuevo. En algunas zonas de España, los agricultores se intercambian derechos de regadío. Imaginemos un agricultor que tiene un excedente de agua porque en ese momento no está plantando o porque sus cultivos requieren menos agua que los del vecino. Dicho excedente puede venderlo a otro agricultor que sí necesita más agua.

Y, en cuarto lugar, no hay que confundir titularidad con accesibilidad, es decir, que un bien sea público no garantiza que este sea accesible. En ocasiones, un bien puede ser más accesible cuando se ha privatizado.

El mercado de futuros

La cantidad de agua disponible, especialmente en lugares áridos, puede ser muy irregular, lo que puede dar lugar a precios muy inestables. Y esta es la razón por la que los derechos del uso del agua han comenzado a cotizar en el mercado de futuros. Este mercado permite acordar un precio sobre un producto que se entrega en una fecha futura.

Comienza la primavera, el calor se estrena, y hay que regar durante los próximos seis meses una plantación de tomates. Se desconoce cuánto lloverá durante la estación, y el agricultor no quiere verse sorprendido por una sequía que dispare el precio del agua. Por eso, trata de garantizar un precio estable a través de la compra de contratos a futuro de esos derechos. De tal manera que, independientemente del agua disponible y de las variaciones de su precio, el agricultor dispondrá del agua que pactó según el valor que se estableció al principio.

No hay que olvidar que no solo el agua cotiza en bolsa. Otros productos tan básicos para la vida humana ya lo hacen. Es el caso del trigo o el maíz. Son muchos los agricultores que ya recurrían al mercado de futuros para garantizar un precio más estable y reducir la incertidumbre que genera un negocio como la agricultura.

Por otro lado, el sector financiero ha advertido que esta medida, aunque puede ayudar a mejorar la eficiencia del agua y aumentar la liquidez disponible, también puede provocar distorsiones en los precios si no se utiliza el mercado para el fin propuesto. La cuestión es que cualquiera de nosotros puede comprar derechos del agua sobre California. De esta manera, pueden participar sujetos que no tienen un interés real en dichos productos financieros, es decir, que no se dedican al sector agrícola en esa región. Así, estos productos sobre el agua pueden ser utilizados con fines especulativos, teniendo en cuenta además la tendencia a su escasez.

¿A quién se destina el mercado sobre el agua?

En este sentido, está pensado para el ámbito local, donde los actores que intervienen son empresas e individuos que participan de la actividad agrícola en una cuenca hidrográfica concreta. Además, la complejidad para transportar, almacenar y conservar el agua dificulta la expansión de este mercado más allá de la red de distribución.

Es esencial que el fin al que está destinado este mercado conserve su propósito de ayudar a los agricultores locales a hacer un uso más eficiente del agua, tratando de evitar los riesgos que acarrea. Podemos prescindir de determinados alimentos, pero el agua es una cosa muy seria.

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