Si tuviéramos que representar los años previos a la crisis financiera internacional mediante un emoji, creo que no me equivocaría mucho si elegimos el de la flamenca. Mientras todos dábamos palmas, cada vez se diseñaban productos financieros más complejos que muchos compraban sin saber en qué consistían. Del polvo que levantaron aquellos bailes vinieron los lodos que atraparon a tanta gente. Después de esa experiencia, desde hace unos años el sector financiero está obligado a evaluar el perfil de riesgo de sus clientes.

La razón es muy simple. Cuando te planteas hacer una inversión, debes responder un cuestionario que intenta medir qué riesgo eres capaz de asumir. En función de tus respuestas, se te clasifica en una determinada categoría: conservador, moderado, progresista… Perdón, progresista no, que eso es para la política. Conservador, moderado, dinámico o agresivo. Bueno, este último perfil ( también sirve para la política actual.

Con estas líneas, quiero poner de manifiesto mis dudas sobre esta forma de evaluarnos. El papel aguanta circunstancias que en la realidad se nos hacen difíciles de soportar. Si a mí hace unos años me hubieran preguntado si podría sobrellevar el riesgo de que mi hijo Nicolás hiciera puenting, mi respuesta hubiera sido inequívocamente positiva. Pues claro que puedo. La realidad me enfrentó a a esa experiencia en Sudáfrica. Allí se sitúa el que, entonces al menos, era el salto de puenting más alto del mundo: Bloukrans Bridge. Mi hijo iba caminando hacia el salto con tranquilidad aparente, en tanto que mi estado de nerviosismo/acojone crecía exponencialmente a cada paso que nos acercaba al centro del puente. Ahí entendí que mi nivel de riesgo asumible en la realidad era bien distinto del que podía aceptar en un plano teórico.

Eso me lleva a pensar que los cuestionarios que se utilizan no son un instrumento del todo adecuado para valorar nuestra capacidad de asumir riesgos. Mi sugerencia a la Comisión Nacional del Mercado de Valores es que coloquen al inversor en una situación mucho más realista. Se me ocurre, por ejemplo, que el perfil del riesgo se determine a través de timbas de póker para evaluar cómo afectan las ganancias y las pérdidas al inversor. Así se podría determinar el riesgo están dispuestos a asumir yendo de farol o retirándose a pesar de tener una buena jugada. Las podríamos llamar timbas perfiladoras de asunción de riesgos y fijar unos montos máximos de dinero en juego en función de la situación patrimonial de los evaluados.

Puede parecer una tontería (que lo es), pero seguramente eso nos daría un retrato mucho más fidedigno de la personalidad de los inversores que el que ofrece responder a preguntas del tipo: ¿qué frase le identifica más con respecto a las inversiones? Las respuestas posibles son: invertiría todo mi dinero en instrumentos con poco riesgo, aunque su rentabilidad sea baja; invertiría una parte de mi dinero en instrumentos de bajo riesgo y otra, en aquellos que aunque son más arriesgados, tienen mayor rentabilidad; invertiría todo mi dinero en instrumentos de alto rendimiento para maximizar mi ganancia, aún cuando esto signifique asumir mayores riesgos.

Las posibles respuestas anteriores, desde mi punto de vista, contienen una pequeña trampa: en todos los casos aparecen las palabra rentabilidad o ganancia. Propongo que reformulemos, por ejemplo, la tercera opción. Invertiría todo mi dinero en instrumentos de alto rendimiento para maximizar mi ganancia, aun cuando esto signifique asumir el riesgo de tener pérdidas importantes. El mero hecho de introducir la palabra “pérdidas” muy probablemente condicione las respuestas que se obtengan. Los economistas Kahneman y Tversky afirmaron que la perspectiva de que haya pérdidas tiene un impacto emocional muy superior a la posibilidad de que haya ganancias.

A las personas, en general, las pérdidas nos duelen aproximadamente el doble de lo que nos gustan las ganancias. Muy probablemente, en nuestras timbas perfiladoras de asunción de riesgos comprobaríamos esa realidad. No solo eso, sino que se pondría de manifiesto otra realidad, como es que los niveles de riesgo que estamos dispuestos a asumir son bien distintos según estemos en una situación de ganancias o de pérdidas. Así, cuando se está ganando la aversión al riesgo es mayor, en tanto que cuando estamos perdiendo nos convertimos en amantes del mismo: un inversor que va perdiendo estará dispuesto a arriesgar mucho en una operación con tal de recuperarse, en tanto que quien está ganando huirá de ese tipo de opciones.

No acaben de fiarse de lo que respondan en esos cuestionarios. Intenten aterrizar sus comportamientos en la realidad. Recuerden lo que sintieron en momentos de caída brusca de los valores financieros. Rememoren alguna noche que pasaron mal porque parte de su patrimonio adelgazó abruptamente. Intenten conocerse ustedes y no dejen que un cuestionario hable por su boca. Que el puenting da mucho susto y si quien lo practica es tu hijo mejor ni mencionarlo.