Elegir ser vegetariano o vegano puede responder a varios motivos. Cuando una persona decide dejar la carne no lo hace por una sola razón. La respuesta suele estar entre la ética y la salud. Pero también lo hace quien puede. La realidad es que seguir una alimentación vegetariana, si no se vive en el primer mundo, no es una opción.

No todas las tierras son aptas para el cultivo: ¿te imaginas una plantación de tomates en el desierto del Sahara? Aproximadamente un tercio de las tierras del mundo son áridas o semiáridas y, por tanto, solo pueden soportar la ganadería. Pero, además, los productos de procedencia animal poseen más nutrientes por caloría que los principales productos vegetales, como el arroz o los cereales. De hecho, muchas veces es necesario acudir a complementos alimenticios. ¿De dónde sacarían esos micronutrientes los países en vías de desarrollo o subdesarrollados?

Un mundo vegetariano, un planeta feliz

Sin embargo, la tierra agradecería que todo el mundo fuera vegetariano. En la actualidad, el 68% de la tierra apta para el cultivo está ocupada por ganado. Si todos dejáramos de comer carne, como mínimo, el 80% de esos terrenos se podrían reforestar ayudando a aumentar la captura de carbono y, por lo tanto, aliviarían el cambio climático. Un investigador de la Universidad de Oxford, Marco Springmann, cuantificó que la eliminación de carne roja de la dieta reduciría las emisiones relacionadas con la producción de alimentos en un 60%. Mientras que si todo el mundo se hiciera vegano —no consumiera ningún producto de origen animal— la caída sería del 70%.

Respecto al 20% de la tierra restante, se podría convertir en cultivos para los humanos. Puede parecer un porcentaje muy bajo, pero hay que pensar que un tercio de la tierra cultivada actualmente no se dirige a la alimentación humana, sino que se destina al ganado.

Y precisamente en el ganado nos encontramos otra barrera. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) su sector emplea a más de 1.300 millones de personas en el mundo y para cerca de 600 millones de hogares pobres la cría de animales es su fuente esencial de ingresos. Solo en España la producción ganadera de carne aportó 14.640,8 millones de euros a la economía en 2018, lo que representa el 1,2% del conjunto del Producto Interior Bruto (PIB), según los datos de la Renta Agraria elaborados por el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación.

En caso de no ofrecer alternativas y subsidios para las personas que viven de este sector, viviríamos un incremento significativo del desempleo y trastornos sociales, especialmente en los países subdesarrollados y en las comunidades rurales que no están vinculados con otras industrias.

¿Menos carne, más salud?

En cuanto a la salud, los efectos de un mundo vegetariano podrían ser variados. Por un lado, disminuiría la mortalidad por enfermedades coronarias, diabetes y de accidentes cerebrovasculares, entre otras patologías. Una realidad que reduciría la factura médica de los países. Un problema habitual es que el veganismo improvisado, sin consultar con especialistas en nutrición, puede terminar en problemas físicos como el cansancio, pérdida de masa muscular, anemia…  Sin olvidarnos, nuevamente, del problema de desnutrición que sufriría gran parte de la población.

La realidad es que no todo es blanco o negro. La población mundial necesita reducir la ingesta de carne no solo por cuestiones de medio ambiente o salud, sino porque en 2050 seremos cerca de 10.000 millones de habitantes y, si seguimos con los hábitos actuales, la producción de alimentos deberá aumentar en un 50% para satisfacer toda la demanda con el consiguiente efecto en el medio ambiente. La clave, por tanto, no está en decidir ser vegetariano/vegano o carnívoro, sino en saber que en el término medio, como definió Aristóteles, está la virtud.