Al comienzo de la década de los 80, un país del tamaño de Ceuta encabezó el ranking de naciones por renta per cápita: más de 50.000 dólares. Esto lo situó solo detrás de Arabia Saudí y en mejor posición que Catar, Luxemburgo, Noruega o EEUU. Hablamos de Nauru, una remota isla de veinte kilómetros cuadrados enclavada en el corazón del Océano Pacífico. Se encuentra a 4.000 kilómetros de Australia y a 305 de la isla Banaba (Kiribati). 

El auge y el ocaso de este microestado, que vive hoy en quiebra y al borde de su extinción, nos puede enseñar una valiosa lección sobre la importancia del ahorro y de la planificación.

Cómo el cortoplacismo arruinó Nauru

Nauru, independiente de Australia desde 1968, es el arquetipo perfecto de la paradoja de la abundancia: cómo la riqueza en recursos naturales puede convertirse en maldición y arrastrar a un país próspero a la desgracia. Ser nauruano era, en los setenta y buena parte de los ochenta, sinónimo de habitar el Edén. Aunque los millonarios eran un grupo reducido, los ciudadanos de a pie gozaban de un sistema con ventajas. No existían los impuestos y la educación, la sanidad, el transporte público e incluso el periódico eran gratuitos. Todo con cargo a un Gobierno que tampoco dudó en crear una compañía aérea o en construir el rascacielos más alto de Melbourne. Pero el paraíso fue sólo un mal espejismo. Todo el bienestar descansaba sobre unos cimientos endebles: unas limitadas reservas de fosfato que fueron salvajemente explotadas.

Un extenso reportaje de The New York Times retrató en 1982 esa sociedad idílica que atraía los ojos de todo el mundo. Además de registrar las maravillas de un Nauru que vivía sus años de gloria, el periodista, Robert Trumbull, presintió los nubarrones que se cernían sobre el país. Al fosfato le quedaban diez años de vida. Al preguntar a un político de la isla qué ocurriría cuando el recurso se terminara, respondió: «Aquí tenemos un dicho: el mañana se cuidará solo». La realidad no podía arruinar el sueño de la isla más próspera del mundo. Pero lo hizo de todos modos.

Ahorro y planificación

El auge y tragedia de Nauru demuestran que ningún país puede vivir de espaldas al futuro. Y esa lección, esencial en la macroeconomía, puede y debe aplicarse también a las familias y a las personas. Aunque una nación y una pequeña economía son difícilmente comparables, las dos necesitan administrar el mañana de manera eficaz y racional. En especial los jóvenes, el sector más castigado por los vaivenes de la economía, que verá frustradas sus aspiraciones laborales tras la reciente crisis. 

Para asegurar el futuro, además de una actitud inconformista, es imprescindible que afiancen dos pilares: el ahorro y la formación financiera. Respecto al primero, un estudio de 2019 impulsado por la Fundación Edad&Vida reveló que sólo uno de cada diez millenials con trabajo consigue ahorrar para su jubilación. Algunos alegan los escasos ingresos y otros no lo consideran necesario. En cuanto a la educación financiera, PWC advirtió de los escasos conocimientos de los jóvenes sobre el manejo de sus cuentas. Y es que, solo un 24 % reconocen nociones generales y un 8 %, avanzadas.. De potenciar la formación económica y con ella, el ahorro, depende que los jóvenes no se vean en unos años como se vio la isla del fosfato cuando se quedó sin recursos. El «efecto Nauru» debe seguir siendo sólo un mal recuerdo en el  medio del Océano Pacífico.