Mientras el viejo hidalgo y su fiel acompañante recorrían la imaginación de Cervantes, la mina del Potosí era conocida en todo el mundo. Su huella quedó enmarcada en el imaginario hispano con la expresión “Vale más que un potosí”. Todavía la recuerdan nuestros mayores cuando se refieren a un objeto de incalculable valor, un símbolo de la fortuna y la riqueza.

En 1545, en las inhóspitas y áridas montañas de los andes de Bolivia, el indio y pastor Diego Hualpa encendió un fuego al caer el día para protegerse del frío seco y cortante de las alturas. Entre las brasas, descubrió unas brillantes e incandescentes vetas plateadas. Aquella montaña, posteriormente bautizada como Cerro Rico, contenía tanta plata que estaba a flor de tierra. Sin saberlo, aquel indio cambió la historia económica del mundo.

El virrey Francisco de Toledo mandó construir una mina en la ladera de Cerro Rico. Contra todo pronóstico y racionalidad, a más de 4.000 metros de altura, con una atmósfera tenue y hostil, sin vías de comunicación, ni agricultura y ganadería, en un lugar desolado y frío, sin vegetación, aislada de cualquier atisbo de civilización, floreció la Villa Imperial de Potosí. Calles coloniales, plazas rebosantes, espléndidas catedrales barrocas, museos, palacios y un mercado de referencia mundial.

En lucha constante contra las fuerzas de la naturaleza, la plata era transportada por caminos de tierra que recorrían más de 2.000 kilómetros antes de llegar al puerto de Lima, para después embarcar en un galeón que navegaba 11.000 kilómetros con destino a Sevilla; una auténtica proeza humana.

Suministro de Europa

A principios del siglo XVII, en menos de cien años, Potosí llegó a reunir a 160.000 habitantes. Se convirtió en la mayor urbe de América, con más población que Madrid y casi a la altura de Londres y París. La mina produjo durante 150 años el 50% de la plata mundial. Entre 1556 y 1783, Cerro Rico extrajo 45.000 toneladas de plata pura, que luego fueron transformadas en monedas y enviadas a los puertos europeos como el de Amberes y Génova.

Tal cantidad de plata solo fue posible por el sistema de trabajo que el Virrey Francisco de Toledo impuso, la mita. En la práctica consistía en un sistema de esclavitud por el que se obligaba a los nativos a trabajar en condiciones inhumanas. Cientos de indios murieron devorados por las profundidades de la montaña.

Precursor del dólar

Para comprender la crisis que se avecinaba en el Imperio español hay que retroceder hasta la Edad Media. Durante esta época, Europa padecía una escasez crónica de metales preciosos. El descubrimiento de Potosí y de otras minas similares, como la de Zacateas en México, logró romper la dinámica de este mercado raquítico. Todo el Viejo Continente demandaba plata y España se convirtió en el único productor. Gracias a ella, el imperio pagaba sus costosas guerras y su gigantesca administración. Así, su comercio se hizo muy dependiente del exterior, ya que producía poco y demandaba mucho, por lo que las mercancías eran mayormente importadas y pagadas con plata. De hecho, durante el siglo XVI y XVII la principal exportación española fue la plata. El real de ocho o dólar español, hecho con este material y del que más tarde se derivaría el dólar estadounidense, se convirtió en una de las primeras monedas globales en el comercio internacional.

Entonces, ¿qué salió mal? Los monarcas españoles del siglo XVI descubrieron, como el rey Midas, que la abundancia de los metales preciosos podía convertirse también en una maldición. Los españoles extrajeron tanta plata que el valor del propio metal, su poder adquisitivo, descendió de manera drástica. Al depreciarse la moneda, los españoles disminuyeron su producción con la esperanza de incrementar su precio de mercado. Sin embargo, el valor de la plata siguió descendiendo, y el rey recibía menos plata y menos valiosa que antes. Paradójicamente, la abundancia empobreció al imperio.

Lecciones de la historia

El historiador Niall Ferguson, en su libro El triunfo del dinero, analiza este caso tan inaudito. Según Ferguson, lo que los españoles no entendieron es que el valor de la plata no es absoluto, es decir, que el dinero no tiene valor en sí mismo, sino que vale lo que otro esté dispuesto a darnos por él. Por eso, un incremento de su oferta no hará más rica a una sociedad. El gran error de los españoles fue convertir la plata —que para los incas no era más que un elemento decorativo– en dinero, en una unidad de cuenta, en una reserva de valor.

El dinero es, ante todo, un poder simbólico que se basa en la confianza. Es un compromiso de pago que se haya implícito en monedas y billetes —hoy en día ni siquiera lo vemos al ser electrónico— sin valor.

Como señala el historiador inglés, confiamos en la utilidad del dinero porque confiamos en que el Banco Central Europeo o la Reserva Federal —que se encargan de la emisión y la circulación del dinero– no cometerán el mismo error que cometió el imperio y fabricarán una cantidad de billetes tan excesiva que acaben por no valer más que el papel que están impresos.

Por eso, no importa demasiado donde se haya inscrito esa confianza: en arcilla, papel o criptomonedas. Todo puede servir como dinero, desde la grava de los caminos hasta las conchas de la playa.