En cuestión de líquidos, mis preferencias pasan por el hidratante vaso de agua, la refrescante jarra de cerveza y la deleitosa copa de vino. Por esa razón, yo sufro problemas de liquidez cuando ando escaso de agua en casa. Los que vivimos por tierras valencianas tenemos difícil el consumo de agua de grifo, sí. Mi tendencia, por tanto, es la de dotarme de la liquidez suficiente no solo para el día a día, sino sobre todo para situaciones inesperadas. La visita de unos amigos o unos familiares si andas mal de liquidez te puede crear problemas. Sobre todo si son de los que arrasan con tus reservas.

Este principio que yo aplico a mi gestión de líquidos no sería descabellado trasladarlo al mundo de las finanzas. En este campo, la liquidez alude a la cualidad de un determinado activo para convertirse en dinero en efectivo fácil, rápido y sin perder valor. Cuanto más fácil sea esa operación, más líquido es el activo. Lo más líquido que existe, por tanto, es el dinero en efectivo. Cuesta casi lo mismo agarrar un chorro de agua que conseguir que el billete de 20€ empiece y acabe el día en tu poder.

Es evidente que no todos los activos gozan de la misma facilidad para convertirse en dinero. Si posees acciones de una gran empresa del Ibex35, el tiempo que pasa desde que decide vender hasta que el importe de esa venta está disponible es muy escaso. Por el contrario, si decides vender un inmueble, es muy probable que tardes semanas o meses en conseguirlo. Y, en caso de necesidad urgente de dinero, quizá tengas que aceptar ofertas por debajo de su valor de mercado para acelerar la venta.

En el caso de una empresa, la liquidez tiene mucha importancia. Define la capacidad para hacer frente a sus obligaciones a corto plazo: el pago a proveedores, nóminas, seguridad social, cuotas de préstamos, etc. No poder atender esas obligaciones puede comprometer su viabilidad. La última crisis económica de la que ¿hemos salido? —asociada a las restricciones del crédito que se sufrieron— hizo que muchas empresas fueran inviables. Y no porque el negocio lo fuera, sino porque la ausencia de liquidez las abocó a una situación insostenible.

En el caso de los particulares, la liquidez es también algo a tener en cuenta. En más de una ocasión hemos escuchado hablar de grandes fortunas, familias con un gran patrimonio, que se quejan de problemas de liquidez. A mí no me importaría tener sus problemas, porque mi falta de apego a su patrimonio haría que me lo puliera sin ningún problema. Hay que comprender que para ellos sea difícil vender un palacete porque luego, ¿dónde colocas los retratos de los antepasados?

Un problema serio de liquidez en un particular puede hacer, por ejemplo, que no pueda hacer frente a una emergencia: paro, enfermedad… La falta de liquidez puede llevar a la necesidad de buscar financiación o a tener que desprenderse da algún elemento patrimonial sin que se esté en la mejor situación para negociar. Y, evidentemente, el apremio que uno tiene hace que no esté en las mejores condiciones para negociar. Por tanto, es importante que prestemos atención a ese aspecto de nuestra economía y que nuestras decisiones de inversión busquen equilibrio entre rentabilidad y liquidez. Dotarse de la liquidez suficiente para hacer frente a un determinado periodo de tiempo sin ingresos puede ser una buena decisión, siempre que nuestra economía lo permita.

Ahora que lo pienso, puede que ese sea un buen planteamiento para la liquidez que decía al principio. Dotarse de una bodega con las existencias suficientes para hacer frente a un amplio periodo de tiempo sin reabastecerse. Acabo aquí, que me voy de compra.