Amancio Ortega, con 27 años, abrió una tienda en la que vendía ropa a bajo precio. La empresa eran él y su mujer, y juntos confeccionaban en casa el género que exponían en el escaparate. Confecciones Goa se convirtió primero en Zara y luego, en Inditex, una de las 100 empresas más grandes del mundo. 

Esta historia se ha contado cien veces. Es la de John Pemberton, cuando crea un medicamento al que llamó Coca-Cola. Es la de tres amigos que se juntan con la idea de crear un nuevo ordenador. Ronald Wayne se encargó del papeleo; Steve Wonziak, de fabricar a mano el primer ordenador y Steve Jobs, de la visión empresarial. Es también la de Ingvar, que descubrió con cinco años que podía comprar cerillas al por mayor y venderlas al detalle y ganar un dinerito con la diferencia de precio. Cuando creó su primera empresa llevaba ya doce años comprando y vendiendo cosas, lo cual auguraba un buen futuro para su pequeña empresa, Ikea. 

Estos son casos excepcionales, pero también lo son los de grandes empresas que nacieron con más de 50 empleados. En muchas de ellas, cuando nacieron, todos sus empleados se conocían. Las empresas son, sobre todo, ideas, ideas sobre lo que la gente necesita y sobre el modo de proveerlo. Y hay infinidad de necesidades, dispersas por toda la geografía, para las que hay miles, millones de empresarios generando nuevas ideas y poniéndolas en marcha. La realidad económica es dispersa y se alimenta en gran parte de organizaciones de pequeño tamaño. Y el número de las que amplían su mirada a todo un país, un continente o el mundo entero.

Las grandes empresas son capaces de poner una gran cantidad de talento al servicio de una idea (un nuevo producto, una tecnología rompedora, una forma distinta de organizar el trabajo…). Pero no pueden hacer lo que sí hace la tupida red de pequeñas empresas, porque es ahí, en ese talento disperso, donde se están dando las soluciones que necesitamos y que todavía no tenemos. Ellas también pueden salvar el mundo.

Ya lo hacen, en realidad. No en vano aportan del 60 al 70% del empleo mundial y aproximadamente la mitad de su producto, según Naciones Unidas. En España, el 99% del tejido empresarial son empresas de menos de 50 empleados, lo que da una idea de hasta qué punto la empresa española está atomizada. Generan casi el 50% del empleo; y si sumamos las empresas medianas (de entre 50 y 250 trabajadores), suman el 65,3%. 

Vista la importancia que ya tienen, y el hecho de que en ellas está en gran parte el futuro de nuestro tejido empresarial, habría que pensar en romper algunas de las barreras que tienen para su crecimiento. Una de las dificultades a que se enfrentan es la de encontrar una buena financiación. Aunque tenemos un buen sistema financiero, en ocasiones las pymes no encuentran la respuesta que necesitan o en las condiciones más favorables. 

Otra barrera son las negociaciones colectivas. Los acuerdos los suelen fijar los sindicatos con las grandes empresas; ellas pueden asumir mayores salarios, pero éstos pueden llegar a ser excesivos para las empresas más pequeñas. Según un estudio de Adecco, el sueldo de las Pymes españolas es dos tercios el de las grandes empresas.

A ello hay que sumar multitud de regulaciones que empiezan a operar en cuanto la empresa tiene más de 50 empleados, y que suponen un sobrecoste que, en ocasiones, es sencillamente inasumible. Es como si en la escalera que lleva de las pequeñas a las medianas y grandes empresas, faltasen varios escalones; muchas no pueden superar esa dificultad. 

Si las Pymes españolas se digitalizasen, el PIB nacional crecería en un 5%. Este es un paso necesario, que les conecta con los nuevos consumidores y les permite mejorar sus procesos y beneficiarse de las nuevas formas de conectar con otras empresas y con sus clientes. Pero de nuevo se enfrentan a barreras importantes. La primera es el coste, aunque hay algunas soluciones que son baratas e incluso gratuitas. La falta de personal preparado o el desconocimiento son otros factores que alejan a las pequeñas y medianas empresas del uso de herramientas digitales. 

Desde 2010, en que España ocupaba el puesto 62 del mundo en facilidad para hacer negocios, según el informe Doing Business del Banco Mundial, las cosas han mejorado. En 2019 ocupamos el puesto 30, más acorde con lo que debe ser una economía como la española en el mundo. Pero hay aspectos en los que estamos todavía muy atrás y que son especialmente perjudiciales para las empresas pequeñas, como la dificultad de crear una empresa (puesto 86 del mundo), obtener crédito (puesto 73), u obtener permisos de construcción (78), por ejemplo.

Si logramos liberar a las pequeñas empresas de esas cargas, la economía y el empleo mejorarían mucho en España.