Cualquier inversor se habrá percatado de que los mercados de renta variable han cambiado. Muchos miran con añoranza los tiempos de los corros, la negociación a viva voz y la compra de las “Matildes” por su dividendo y su estabilidad. Estos cambios, lejos de restar atractivo a la bolsa, exigen una mayor formación. A su vez, demandan una alta capacidad de adaptabilidad ante la nueva dinámica en la que han entrado los mercados.

La globalización los ha convertido en vasos comunicantes. Cualquier noticia, para bien o para mal, amplía su repercusión hasta límites insospechados. 

También han ganado muchísimo peso una serie de actores que participan en la formación de los precios. A fin de cuentas, esta es la principal finalidad de la bolsa. Cada vez es más habitual encontrar informaciones bursátiles en los que palabras como “hedge funds”, “fondos soberanos”, “grandes fortunas”, “fondos de inversión” o “robots” van ganando terreno. 

Los fondos soberanos, o “fondo país”, representan a grandes potencias que inyectan miles de millones en vehículos de inversión. Estas buscan rentabilidad en cualquier parte del mundo y usan su peso en los mercados como elemento de presión política. Desde el todopoderoso Fondo de Pensiones de Noruega a la Corporación de Inversiones de China, pasando por los fondos del mismo nombre (Autoridad de Inversión) de Abu Dhabi y Catar. 

Los fondos de inversión también se configuran como un elemento clave en el control de ingentes cantidades de capital. La gestora estadounidense BlackRock es el mayor exponente de ello. Con activos valorados en varias veces el Producto Interior Bruto, su presidente remite cada año una carta, pública y abierta, a los consejeros delegados de las empresas en las que invierte. 

Por su parte, los robots bursátiles abren una nueva tendencia denominada Trading de Alta Frecuencia (HFT, por sus siglas en inglés). Su trabajo consiste en ejecutar miles de operaciones por minuto. Esto lo hace en base a algoritmos desarrollados por ingenieros y matemáticos. Sus defensores alegan que aportan liquidez y eliminan “ineficiencias” en la formación de los precios. Pero lo cierto es que esas máquinas ya han provocado sustos en los inversores. Como los denominados “flash crash”, que alteran los precios de forma radical en cuestión de minutos. Su éxito es obtener una mínima ganancia, repitiendo un mismo patrón miles de veces. Las empresas propietarias de estos algoritmos se pelean por situar sus ordenadores lo más cerca posible de los servidores de la bolsas para ganar milisegundos y operar antes que la competencia. Se calcula que hasta un 50% de la negociación de Wall Street procede de estas máquinas. 

El peso de todos estos actores es cada vez más grande en la bolsa española. Los datos a cierre de 2019, recopilados por el Servicio de Estudios de Bolsas y Mercados Españoles, cifran que el peso de los inversores extranjeros en la renta variable española alcanza un récord histórico, el 48%. Es decir, la mitad de las acciones españolas están en manos extranjeras. Estos inversiones no están precisamente en manos del granjero Mike de Kansas que se siente atraído por la rentabilidad de Lingotes Especiales. Esto cae en manos de los grandes fondos de inversión, los fondos soberanos o los robots de alta frecuencia que venden acciones sin más criterio que las normas de su creador.

La presencia de estos elementos añaden un factor extra de riesgo. Este aspecto puede ser disuasorio para los pequeños inversores o un buen motor para buscar otros modelos de inversión.