Cuando vamos de compras siempre tenemos en cuenta dos factores: que nos guste y que el precio no se nos vaya de las manos. Sin embargo, los consumidores españoles comienzan a valorar un tercer factor: la composición de las prendas y su impacto medioambiental. La industria textil es la segunda más contaminante del mundo después de la petrolera. Produce el 20% de las aguas residuales y el 10% de las emisiones de carbono en el mundo. Actualmente, compramos un 60% más de ropa que a principios de este siglo, y el 85% de la ropa de los españoles acaba en un vertedero. Según el informe de Ellen Macarthur Foundation, que consiguió comprometer a grandes firmas como Nike o H&M, al menos el 1% del material utilizado para producir ropa se recicla en ropa nueva. 

¿Cómo es posible que la industria sea tan ineficiente y tenga un impacto tan alto en el medio ambiente? Esto se debe principalmente a dos motivos. Por un lado, el denominado fast fashion, que busca renovar tu armario de forma constante con prendas de poca calidad y durabilidad. Y por otro, la producción de los materiales que después son utilizados para la confección de la ropa. 

La industria textil al punto del colapso

Desde que las grandes firmas impusieron el fast fashion a principios de este siglo con la apertura de los mercados asiáticos, el consumo y la producción de prendas se ha disparado con la consiguiente acumulación de las mismas que no están pensadas para reciclarse. Cada año se venden 80.000 millones de prendas en el mundo y se tiran, sólo en Hong Kong, 1.400 camisetas por minuto. Cada vez se produce más y se tira más. El mercado textil de segunda mano podría convertirse en una salida, pero está colapsado: hay demasiada ropa en relación a la demanda. Algunos países africanos como Zimbabue prohibieron la importación de ropa de segunda mano.

El modelo fast fashion se ha convertido en un negocio muy rentable: promueve el consumo constante de usar y tirar con el diseño y desarrollo de hasta 10 temporadas por año, manteniendo de forma constante una alta demanda; su producción es muy barata gracias a la deslocalización que ha propiciado la creación de decenas de miles de fábricas en Asia y a los bajos costes de los materiales con los que se confecciona.

¿De qué está hecha la ropa?

Los dos productos más utilizados para la elaboración de las prendas son el poliéster y el algodón. El poliéster es un tipo de resina plástica que se obtiene del petróleo. Este es con diferencia el producto más utilizado en la industria textil y el que ha posibilitado el modelo fast fashion con precios muy competitivos. Es un material ligero, no se arruga y se seca con facilidad. La producción de poliéster se ha quintuplicado en los últimos 30 años. La gran desventaja es que no es biodegradable y, aunque puede reciclarse, la realidad es que hasta hace nada no se había planteado esa posibilidad. Las grandes firmas como Zara, Nike o H&M han comenzado a apostar por el reciclaje y se han marcado como objetivo que la ropa no acabe en la basura con la implementación de contenedores en sus tiendas para reciclarlas.

Por otro lado, el algodón es el segundo producto más extendido en la industria textil. Aunque es un material biodegradable, su producción tiene un impacto muy elevado, ya que las plantaciones de algodón necesitan cantidades ingentes de agua —para hacer un pijama de algodón se requieren 9.000 litros de agua—. Además, procede de monocultivos, cultivos de grandes extensiones en los que se fuerza a la naturaleza para que crezca una sola especie. Los monocultivos son más baratos, pero provocan una gran pérdida de biodiversidad con la utilización de pesticidas, no respetan la rotación de los suelos y los empobrece. La solución ante este problema es la producción de algodón orgánico: se realiza técnicas de rotación de la tierra y no requiere de pesticidas. Con este material más sostenible se elaboró la última colección de Zara.

Elaborar ropa sostenible a partir de las plantas

Ante este panorama, muchas marcas están apostando por la cercanía, por una producción responsable y localizada, y un tratamiento más cuidadoso con los materiales. Es el caso de Flamingos Life, una empresa española que no sólo apuesta por algodón orgánico, sino por materiales mucho más sostenibles como el maíz o el bambú. Toda su cadena de producción se encuentra en España con el fin de disminuir las emisiones de carbono. Además, la compra de uno de sus productos también tiene un impacto social. La empresa destina parte de los beneficios a proyectos de abastecimiento de agua en África, de reforestación —más de 127.000 árboles—, o de limpieza de océanos —más de 20.000 botellas recicladas—.

Ecoalf, con más de 140.000 seguidores en Instagram, es otro ejemplo de producción local y de compromiso con el medio ambiente. Javier Goyeneche, fundador de la empresa, ve materiales de primera donde la gente ve basura: plásticos, posos de café, neumáticos viejos, redes de pesca… Ecoalf ha dejado claro que es posible la sostenibilidad y la rentabilidad: en 2019 triplicaron su facturación rozando los 20 millones de euros, y su proyecto Upcycling the Oceans ha conseguido involucrar a más de 3.000 pescadores que han sacado ya 500 toneladas de residuos.

Por su parte, la firma española Thinking Mu no tiñe la tierra; todos sus tintes son naturales. La coloración de la ropa con tintes industriales es una de las causas principales de la contaminación de los ríos. Además, las prendas de Thinking Mu están elaboradas con cáñamo, una planta que apenas necesita agua —un 90% menos que el algodón— ni pesticidas para crecer, y que ya utilizaban los egipcios para la confección de ropa y producción de papel. 

La industria textil se está revolucionando, pero hace falta también un cambio en la mentalidad del consumidor: un consumo más responsable que busque prendas más sostenibles y duraderas, y que sea más consciente de la cadena de producción; cualquier decisión económica tiene detrás un impacto social