Invertir es para todos. Lejos de esa imagen de yuppie estirado, todo el mundo puede poner a trabajar sus ahorros. No es necesario tener grandes cantidades de dinero ni haber hecho un máster en finanzas cuánticas.

Hoy día, desde 500 euros cualquier persona puede invertir en temas que conoce como salud, redes sociales, deporte o tecnología. Te contamos todo lo que tienes que saber antes de invertir. Ten en cuenta estos sencillos pasos y haz que tu inversión cumpla con tus objetivos.

Antes de invertir tienes que tener en cuenta tu capacidad de ahorro, tus objetivos y tu perfil inversor.

Antes de invertir

No inviertas a lo loco ni contrates el primer producto que se te ponga por delante. Antes de hacerlo, debes tener en cuenta algunos aspectos como para qué quieres invertir o cuánto estás dispuesto a arriesgar. Antes de invertir sigue estos cinco pasos.

1. ¿Cuál es el estado de tus finanzas?

Antes de iniciarte en el mundo de la inversión, es necesario que sepas cuál es el estado de salud de tu bolsillo. Estas 4 preguntas te ayudarán a conocerlo:

  1. ¿Cuál es tu presupuesto mensual? Tienes que identificar tus bienes, deudas, ingresos y gastos. Así podrás descubrir cuáles son tus verdaderas necesidades, en qué caprichos se te escapa el dinero y, sobre todo, tu capacidad de ahorro a final de mes. Ojo, a la hora de identificar estas cuatro partidas, no te engañes a ti mism@: un coche no es un bien en sí mismo, sino un gasto (nunca podrás recuperar todo lo que pagaste por él, lo que es básico para identificar algo como un activo).
  2. ¿Tienes dinero suficiente en caso de emergencia? Antes de pasar un mal trago, aparta siempre una pequeña parte de tus ingresos como fondo de emergencia. Un 10% de tus ingresos mensuales debería ser suficiente para ayudarte en esos momentos.
  3. ¿Estás al corriente de todas tus deudas? No contraigas deudas que no puedas asumir. Haz bien los cálculos antes de firmar ningún préstamo con el que puedas verte ahogado en unos meses.
  4. ¿En qué etapa vital estás? Planifica tus finanzas teniendo en cuenta tu presente y, sobre todo, el futuro que deseas: ¿Vas a vivir en pareja? ¿Quieres tener hijos? ¿Tu sueño es jubilarte a los 55?

Respondiendo a estas preguntas deberías ser capaz de saber cuál es tu capacidad de ahorro y tus necesidades económicas para cumplir esos sueños. ¿Uno y otro se ajustan? Si no fuera así, toma cartas en el asunto. Puedes pensar en aumentar tus ingresos, reducir gastos o en ajustar expectativas. Sólo tú sabes cuál es la mejor opción para ti.

2. El primer paso: ahorrar ¿Cómo hacerlo?

¿Te acuerdas de la fábula de la cigarra y la hormiga? Con ella aprendimos la importancia de ir “haciendo montoncito”. Quizá pienses que, para lo poco que puedes ahorrar, mejor gastártelo cual feliz cigarra. Pero, recuerda, muchos pocos hacen mucho y esos 50 euros mensuales que ahora te parecen una ridiculez al final de 3 años marcarán una gran diferencia para ese viaje soñado o el móvil de última generación que todos desean.

Ahorrar es fácil con el método de los 4 pasos

Este método no sólo permite ahorrar parte de tu dinero, sino que facilitará que los gastos no se coman todos tus ingresos. La fórmula es sencilla, basta con destinar un porcentaje de tus ingresos a cuatro categorías:

  1. El día a día (50%): los gastos comunes como el alquiler, el agua, móvil, etc.
  2. Imprevistos (15%): ahorra un poco todos los meses para que, cuando se te rompa la pantalla del móvil no resulte tan doloroso
  3. Caprichos (15%): porque la vida hay que disfrutarla
  4. La jubilación (20%): sé precavido, piensa en tu futuro y esos objetivos vitale

3. El perfil inversor: Dime cómo inviertes y te dirá quién eres

Si inviertes sabiendo qué te quita el sueño y qué no, será mucho más fácil y te sentirás más seguro. Por tanto, establece tu estrategia en función de tu perfil inversor y tolerancia al riesgo (capacidad de asumir pérdidas).

Te explicamos los tres perfiles más típicos:

  • Perfil conservador: No quieres que experimenten cuando tu dinero está en juego. Por eso te quedas con productos de menor rentabilidad, pero más seguros.
  • Perfil moderado: “Open your mind”. Estás más abierto a otras fórmulas de inversión que te aporten mayor rentabilidad asumiendo algo más de riesgo.
  • Perfil agresivo: No te importa asumir un riesgo más alto a cambio de una mayor rentabilidad.

Haz este pequeño ejercicio antes de invertir y, si lo consideras necesario, pide ayuda a un profesional para conocer a la perfección tu perfil.

4. La importancia de establecer objetivos.

¿Para qué quieres invertir? ¿Qué quieres lograr con ese dinero? Es prácticamente obligatorio que te fijes unas metas. Tienes muchos sueños por cumplir y todos ellos tienen un precio, por eso debes dar prioridad a unos frente a otros. Así que lo primero que debes hacer es pisar freno y pensar… ¿Qué quiero? ¿Qué objetivos tengo?

5. Horizonte temporal: ¿Cuándo necesitaré el dinero?

Una vez que marcas tus objetivos, fíjate en cuándo quieres conseguirlo: ¿Dentro de un mes? ¿En un año? ¿Diez? Ese será tu horizonte temporal. Y unido a él, está el tiempo del que vas a disponer para lograr el dinero suficiente para alcanzar esa meta. Así, el horizonte temporal y el perfil inversor marcarán el riesgo que puedes asumir en una inversión. Pongamos un ejemplo: si estás pensando en ir a Jamaica dentro de un año, no deberías invertir todos tus ahorros en bolsa, no sea que termines con tus padres en la casa del pueblo. Sin embargo, si tienes 25 años y tu objetivo es dar la vuelta al mundo con 32, quizá sea momento de sacar parte de tus ahorros de la cuenta corriente y empezar a invertirlos.

Ahora que sabes las diferencias, conoces tu perfil inversor, horizonte temporal y objetivos, estás en disposición de empezar a tomar decisiones en cuanto a planificación financiera.

Ahora, hasta puedes ponerte a invertir en fondos de inversión tecnológicos sin moverte del sofá
¿Hola? ¿Es aquí para invertir en fondos de inversión tecnológicos? FOTO / RAWPIXEL / UNSPLASH

Cómo invertir

1. Conoce las alternativas de inversión

Llevado al mundo financiero, un activo sería la renta fija, la renta variable, los inmuebles, materias primas, etc. Estos activos tienen tres características que no vas a parar de escuchar en este “mundillo”: rentabilidad (lo que ganas/esperas ganar), riesgo (posibilidad de perder parte de tu dinero) y liquidez (facilidad de recuperar tu inversión). A mayor riesgo, mayor suele ser la expectativa rentabilidad.

1.1. Los depósitos bancarios

Los depósitos son productos financieros que consisten en prestarle a un banco ese dinero extra que tienes y que no vas a necesitar por un tiempo. El banco utilizará ese dinero para dar a otras personas hipotecas, préstamos, etc. A cambio, según el plazo y la cantidad que le dejes, te pagará un pequeño interés. La rentabilidad de los depósitos no es muy alta (prácticamente cero), pero te garantizan no perder nada. De hecho, en caso de quiebra de la entidad financiera a la que le hayas prestado tu dinero, los primeros 100.000 euros están garantizados por el Estado (si es una entidad española).

Las ganancias que obtienes por los depósitos tributan en el régimen general de forma escalonada: por los primeros 6.000 euros ganados, se paga a Hacienda un 19%. Hasta 50.000 euros, un 21% y a partir de los 50.000 euros, un 23%.

1.2. La renta fija

Igual que en el caso de los depósitos, cuando inviertes en renta fija estás prestando tu dinero a alguien. La diferencia es que en este caso lo prestas al Estado, a una institución pública (Comunidades Autónomas, Ayuntamientos…) o una empresa privada, que necesita ese dinero para poner en marcha algún proyecto.

Cuando le prestas ese dinero, la entidad (el emisor) se compromete a devolverte tu dinero más una rentabilidad en un plazo preestablecido. Esta devolución del dinero se puede hacer todo de una cuando vence la deuda o en una serie de pagos, según un calendario establecido desde el principio. 

Para formalizar ese contrato de préstamo de dinero, el emisor emite un derecho de cobro que se llama título que es el que da derecho a recibir esos pagos. El hecho de que existan esos papelitos da a la renta fija una ventaja fundamental que los depósitos no tienen: Puede cambiar de manos. Es decir, se pueden comprar y vender en el mercado de valores.

Categorías de renta fija:

  • Por emisor. Cuando el emisor es una institución pública, se llama Deuda Pública y cuando es una empresa, Deuda privada.
  • Por plazo. Cuando vencen antes de los 24 meses, llaman Letras y Pagarés. Cuando tienen un plazo entre los dos años y los 10 años, Bonos y cuando el plazo de devolución va más allá de los 10 años, obligaciones.
  • Según el pago: Los que tienen un rendimiento explícito, es decir, cuando tú como inversor recibes de manera periódica una serie de pagos en forma de cupones (intereses). Los de rendimiento implícito que también se denominan cupón cero. La rentabilidad de estos está fijada por la diferencia entre lo que pagas en el momento de la “compra”, y lo que te dan cuando liquida. En este caso, no recibes habitualmente pagos, sino uno solo al amortizar.

Riesgos de la renta fija

Como toda inversión, la renta fija también tiene sus riesgos. Estos son los principales:

  • Riesgo de crédito: que el emisor no te devuelva tu inversión inicial o los intereses. Está relacionado con la capacidad de pago de la entidad.  Esto puede pasar tanto como con empresas como con Estados, ayuntamientos… Para saber qué deudores son más seguros puedes ayudarte de lo que se llama “rating” o “calificación crediticia”, que no es más que una nota que ponen unas empresas especializadas a las diferentes emisiones.
  • Riesgo de mercado: que el precio que se paga en el mercado por el título que tienes sea inferior al precio que pagaste cuando lo compraste.
  • Riesgo de liquidez: no encontrar a nadie que quiera comprar el título de renta fija que tienes y, por ese motivo, no puedas venderlo.

1.3. La renta variable

Además de emitir deuda, las empresas tienen otra forma de conseguir dinero para sus proyectos: vender una pequeña parte de la empresa. Así, tú, como inversor, puedes comprar un pedacito de esa empresa, con los derechos y riesgos que esto conlleva.

Por la parte de los derechos, tienes algunos que los que compran renta fija no tienen: recibir dividendos (una parte de los beneficios de la empresa), participar en las Juntas de Accionistas, etc.

Por contra, cuando compras una acción no tienes garantizada ninguna rentabilidad, ni quiera que vayas a poder recuperar el capital invertido. Tu rentabilidad dependerá totalmente de cómo de bien (o mal) lo haga la compañía y de lo deseada que sea en mercado (lo que está íntimamente relacionado con que la compañía vaya bien). Además, influyen otros factores, como la regulación o las crisis económicas. Así, puede ocurrir que decidas vender tus acciones a otro inversor y consigas hacerlo por un precio más elevado del que las compraste, obteniendo ganancias. Pero también puede ocurrir que tengas que rebajar el precio porque te cueste encontrar comprador y sufras pérdidas.

Riesgos de la renta variable

Estos son los riesgos más relevantes de la inversión en renta variable:

  • Riesgo de liquidez. Si la empresa no ha emitido muchas acciones o no hay mucha gente que quiera comprarlas o venderlas, puedes encontrarte con dificultades a la hora de operar con ellas.
  • Riesgo de mercado: Depende del mercado en el que cotice el activo y de sus circunstancias: crisis financiera, conflicto geopolítico, atentado, etc.
  • Riesgo no sistémico: Es el riesgo propio de cada empresa, es decir, de factores propios de cada compañía.

2. Cómo comprar renta fija o renta variable

Hay dos formas de invertir en renta fija y en renta variable. En primer lugar se puede hacer de forma directa (vas a tu banco o a tu bróker y le dices que quieres comprar esta acción o aquella Letra del Tesoro (la deuda pública también se puede adquirir en “directo” en la web del Tesoro).

En este caso el bróker te cobrará una serie de comisiones. Cada entidad tiene las suyas. Las principales son:

  • Comisión de compra-venta: Deberás pagar cada vez que compres o vendas acciones o títulos de renta fija.
  • Comisión de custodia: Tu entidad financiera te cobrará una cantidad por guardarte esos títulos. La tarifa puede ser fija, aunque lo más normal es que sea variable y corresponda con un porcentaje del tamaño de tu inversión.
  • Operaciones relacionadas con custodia y administración: Se incluyen tareas como el cobro de dividendos, intereses, traspaso de valores, etc. Es importante que antes de darte de alta con un bróker revises todas sus comisiones.

También puedes invertir de forma indirecta, ya sea contratando un fondo de inversión o un plan de pensiones. La oferta es inmensa: de renta fija, de bolsa, los que invierten según temáticas, por países… Puedes elegir el producto que mejor se adapte a ti y a tus intereses.

En este caso lo que haces es confiar tu dinero a un equipo de gestores profesionales. Estos aúnan el dinero de muchos particulares como tú y lo invierten en los activos que indique el folleto del fondo. por ejemplo, si has decidido suscribir un fondo que invierte en el Ibex-35, los gestores invertirán ese patrimonio en el Ibex-35. la ventaja de la inversión indirecta respecto a la directa es que se puede invertir desde muy poco dinero y que tu inversión estará diversificada.

Los gestores de fondos y planes de pensiones cobran por su trabajo una comisión de gestión, que se descuenta de forma diaria de la rentabilidad del fondo. ¿Qué supone esto? Que la rentabilidad que puedas ver en su web, en un periódico, etc. es ya una rentabilidad neta de costes.

3. La regla de oro de la inversión: la diversificación

¿A quién no le gustaría saber de antemano cómo se va a comportar un determinado mercado o qué activo lo hará mejor? Pero esto es imposible. Desconfía de cualquiera que te diga lo contrario. Por ello, la regla de oro de cualquier inversión es la diversificar.

Se trata de separar de manera óptima el capital en diferentes empresas, áreas geográficas o activos, sea cual sea el importe que aportes (no pasa nada si es muy reducido). Pongamos un ejemplo: tienes 2.000€ para invertir y decides comprar acciones de una empresa que, hasta ahora, está teniendo unos resultados excelentes. Si la empresa quiebra o baja el precio de las acciones, toda tu inversión se verá afectada. Si en cambio comprases acciones de diferentes empresas o lo combinases con otros activos, la rentabilidad será la media de todas ellas, por lo que tu riesgo se reduce considerablemente.

Los fondos de inversión son el vehículo más popular a la hora de diversificar, ya que incluyen muchas empresas, países e incluso temáticas en un único vehículo.

Foto: Rawpixel/Unsplash
FOTO / RAWPIXEL

Después de invertir

Si ya has invertido (sea cual sea el producto financiero en el que lo hayas hecho), es importante que tengas muy en cuenta lo que sigue: Después de poner a trabajar tu dinero, no te olvides de revisar si se están cumpliendo o no tus expectativas.

1. Evalúa tus inversiones

Estos son algunos de los aspectos que debes vigilar:

  1. Rentabilidad y riesgo. ¿Tus inversiones están funcionando tal y como esperabas? Comprueba que el riesgo que te marcaste en un principio se está cumpliendo y si estás obteniendo una rentabilidad acorde a tus expectativas y a lo que te ofrecieron.
  2. Cambios en los mercados. Los mercados financieros están en constante movimiento. Hay ciclos buenos y otros no tan buenos. Aunque los movimientos normales no justifican necesariamente una modificación de tu inversión, pueden darse situaciones que sí aconsejen un reajuste. Por ejemplo, cambios en los tipos de interés, fiscales, una recesión económica… Todo ello puede afectar al mercado o algún sector en concreto. Mantenerte al tanto de lo que ocurre en el mundo te ayudará a tomar la decisión adecuada. Para hacer seguimiento de cómo lo están haciendo los mercados existen diferentes fuentes de información financiera (Bolsa de Madrid, Expansión…) o nuestra newsletter semanal.
  3. Los comparables. Precisamente porque los mercados financieros se hayan torcido durante un periodo concreto, puede que te parezca que tu inversión no ha cumplido con tus expectativas, por eso es importante que la compares con cómo lo ha hecho su sector o productos similares. Sólo así tendrás la fotografía completa y sabrás si estás invertido en un buen producto.
  4. Reajustes en tu inversión. Si a pesar de tener contratado un buen producto, te das cuenta de que no es para ti, es momento de cambiar. Otra cosa que tendrás que tener en cuenta según pase el tiempo es el peso que representa cada activo/producto financiero que tengas contratado sobre el total de tu inversión. Piensa que si sólo quieres tener el 50% de tu dinero en bolsa y, de repente, ésta sube mucho, el porcentaje de ésta sobre el total de tu patrimonio será superior. Tendrás que vender parte de esos activos para volver a ajustarlo al 50%.

Fíjate una periodicidad fija para revisar tus inversiones y que no se convierta en algo obsesivo. El objetivo que te has fijado para tu inversión te dará pistas sobre cada cuánto revisarlas. Si has invertido a corto plazo, pensando en un objetivo a un año, podrías revisar tus inversiones mes a mes. Si estás pensando en un plazo de 3 o 5 años, podrías revisarlo cada mes o trimestre y si estamos pensando en objetivos a más de diez años, con que lo revises trimestralmente, semestralmente o, incluso, anualmente, será suficiente. Mirarlo a un plazo más corto te podría llevar a tomar decisiones equivocadas, como vender con pérdidas y no dar tiempo a tu inversión a recuperarse.

2.- Revisa los objetivos

A medida que vas dando pasos en el recorrido inversor debes preguntarte si sigues teniendo el mismo perfil inversor, los mismos objetivos, horizonte temporal, etc. Porque de la misma forma que tú vas cambiando con el paso de los años, también debe hacerlo tu forma de invertir.

Pongamos un ejemplo, empiezas en esto de la inversión con 25 años, unos ingresos muy millenial, sin obligaciones y tu único objetivo es ahorrar para ese viaje anual con tus amig@s. ¿Crees que tu forma de invertir debería ser la misma que si te encuentras con 45 años, una hipoteca, dos hijos, unos ingresos más elevados y la jubilación empezando a asomar la cabeza? La respuesta es no. En cada momento vital las circunstancias cambian, por eso es preciso ir revisando la estrategia.