Google ha percibido un incremento de las búsquedas en internet sobre el medio ambiente en un 135% en los últimos 12 meses. Por su parte, la fundación BBVA considera que los jóvenes españoles están más preocupados por el medio ambiente que la media europea. Los jóvenes valoran como principales problemas del país el cambio climático y la contaminación atmosférica. Sin embargo, es el grupo poblacional que más consume comida rápida en España; un consumo que además está en aumento. Pero, ¿qué tiene que ver el medio ambiente con la alimentación? ¿Cómo afecta la comida chatarra al medio ambiente?

Así afecta la comida rápida al medio ambiente

La comida rápida produce un enorme impacto ambiental principalmente por la producción de envoltorios de plástico y cartón.

En 2015 se produjeron en el mundo un total de 407 millones de toneladas de plástico. Del total, 30 millones fueron destinadas exclusivamente al embalaje de alimentos. Estos envoltorios no solo suponen un desafío para su reciclado, sino que también requieren enormes recursos para su producción.

El director de Ciencias Informáticas en Microsoft Research (Cambridge), Stephen Emmott, calcula que para la fabricación de una botella de plástico de un litro se necesitan, paradójicamente, cuatro litros de agua; para la elaboración de un táper se requieren alrededor de 2.000 litros de agua. 

En algunos países se han encontrado en estos envoltorios sustancias perfluoroalquiladas (PFAS), una serie de compuestos químicos que se utilizan para la elaboración de los envoltorios de la comida rápida, ya que repelen de una manera muy eficaz la grasa de los alimentos. Estos compuestos, sin embargo, contienen algunas toxinas muy perjudiciales para la salud humana.

Un estudio realizado en EE.UU. y publicado en la revista científica Environmental Research Letters señala que el papel que envuelve a una hamburguesa puede contener en un 38% este tipo de sustancias. Y el cartón de las patatas fritas hasta un 20%. 

¿Cuánta agua se necesita para hacer una hamburguesa?

Otro de los motivos —menos conocido— por el que la comida rápida supone un gran impacto ambiental es la materia prima con la que se elabora.

La comida rápida se caracteriza por un alto consumo de carne proveniente de la ganadería intensiva. Esta busca maximizar la producción y reducir los costes. La gran ventaja competitiva de la comida rápida es su bajo coste, que es asegurado gracias a la producción de este tipo de carne. Sin embargo, aunque es mucho más barata, la carne resultante de este tipo de ganadería tiene un gran impacto ambiental.

Para producir una hamburguesa —solo una— se necesitan 3.000 litros de agua. Solo en Estados Unidos se consumen alrededor de 15.000 millones de hamburguesas en un año. Eso son 45.000 billones de litros, el equivalente a llenar de agua el campo del Santiago Bernabéu con un metro de profundidad más de seis millones de veces. 

Por otro lado, la gran mayoría de las verduras que se utilizan para la elaboración de hamburguesas —tomates, cebollas— proceden de monocultivos, una plantación de gran extensión en la que se produce una sola especie. Los alimentos procedentes de monocultivos implican un menor coste a la hora de producirlos y consumirlos, pero tienen un impacto ambiental mucho mayor. Los monocultivos provocan una gran pérdida de biodiversidad, no sólo de plantas, sino también de animales e insectos. Y, además, requieren una serie de pesticidas y fungicidas que fuerzan a la naturaleza para que solo crezca una especie concreta. 

La comida basura afecta al medio ambiente

Comer mal sale caro

Los monocultivos han favorecido otro de los fenómenos ligados a la comida rápida: los alimentos de moda. Alimentos que son muy completos desde el punto de vista nutricional y fáciles de preparar. Por ejemplo, en España se ha puesto muy de moda los aguacates o la quinoa, productos que antes no se conocían. La alimentación cada vez está más homogeneizada y esto conlleva una mayor producción de determinados alimentos. Al ser productos muy demandados y rentables, comienzan a producirse en lugares que no son autóctonos. Por ejemplo, solo en Navarra se existen más de 486 variedades de manzana. Y, sin embargo, se está empezando a cultivar más el kiwi, una fruta que no es autóctona pero sí más rentable y demandada. 

La comida rápida no solo produce un impacto en el entorno, también en nuestra propia salud y economía. Una alimentación excesivamente calórica genera a la larga graves problemas de salud. La mala alimentación le cuesta —nos cuesta— a la sanidad pública 14.300 millones de euros, casi el 20% de su gasto total. Cada uno decide lo que quiere comer, pero cada decisión individual puede afectar al conjunto de la sociedad. 

A causa de la producción industrial, la ganadería intensiva y los monocultivos, los españoles se han acostumbrado a comprar alimentos a un bajo precio. Detrás de un precio no solo hay una diferencia en el sabor, también existe una gran diferencia en su producción y gestión ambiental. No es lo mismo una ganadería extensiva ecológica que una ganadería intensiva, una verdura de un huerto ecológico que la de un monocultivo. El 40% de la superficie terrestre está destinada a la agricultura, ya sea para consumo animal o humano. Por ello, es necesario reflexionar sobre qué tipos de alimentos se están cultivando y cuáles son los métodos de producción más sostenibles y eficaces según el clima y las características de la tierra. 

Los consumidores tienen el derecho a conocer el origen de los productos y, por otro lado, las instituciones deben fomentar una mayor cultura alimentaria —comer menos cantidad y de más calidad—; promover el consumo de productos locales y respetuosos con el medio ambiente; apoyar la inversión en aquellas empresas de alimentación que comienzan a ser conscientes de este problema; y reforzar la legislación en el comercio internacional favoreciendo así un consumo más responsable.

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