Así, en principio, una guerra de divisas nos puede parecer poca cosa. Pero el fútbol, una fuente de lecciones de vida, nos ha demostrado su peligro. No han sido pocos los partidos en los que hemos podido comprobar el riesgo de recibir el impacto de una moneda lanzada desde lejos. Si eso sucede en el entorno supuestamente pacífico de un estadio de fútbol, no quiero imaginarme lo que puede ser un monedazo lanzado con un ingenio hidráulico.

En la zona euro, la moneda más letal sería la de dos euros, seguida muy de cerca por la de cincuenta céntimos. El golpe más letal debe ser con la moneda de canto. Aunque el impacto frontal puede tener como consecuencia la estampación en la piel del contrario con la forma de la moneda, lo cual podría ser motivo de mofa y escarnio entre las filas enemigas o incluso de deserción.

La guerra de divisas con fajos de billetes la descarto, más que nada porque el coste de la munición. También porque le das al contrario la oportunidad de ir al banco a cambiarlo por monedas y, por tanto, de rearmarse. El problema aparece cuando la guerra de divisas explota sin que ninguno de los bandos disponga de efectivo. Cuando eso sucede, no hay monedas que tirarse a la cabeza, cierto, pero la guerra puede tener un impacto de mucho más alcance.

En las últimas semanas, hemos oído hablar frecuentemente de este concepto ligado a otros tambores de guerra, los de la guerra comercial. Donald Trump ha tirado de la munición arancelaria para proteger teóricamente a su país de la invasión de productos chinos. Según él, dañan a la economía estadounidense. Para intentar paliar ese desequilibrio, el presidente de los EE.UU ha decidido que lo mejor es que todo lo que vaya desde China pague más que antes por entrar en su país. Pero un proverbio chino afirma que «si tu me jodel, yo jodelte a ti también».

Movidos por ese conocimiento milenario, los chinos respondieron al impecablemente peinado presidente subiendo también sus aranceles y amenazando con suspender las importaciones de productos agrícolas norteamericanos. Eso sí que puede «jodel» bastante a una de las bases de votantes de Trump. Yo te subo a ti, tú me subes a mí, pues yo te «resubo»… Una escalada arancelaria entre gigantes que hace temblar las previsiones del comercio mundial y los temores de que esas prácticas proteccionistas deriven en otra recesión.

Pero, volviendo a la pelea de gallos, otro proverbio chino dice que «si tienes dos blazos, es un poco tonto usal solo uno». Nuevamente movidos por su conocimiento milenario, los chinos decidieron que subir aranceles y amenazar con no comprar productos agrícolas americanos no era suficiente. Había llegado el momento de dejar caer un poco su divisa. Si tu me subes los aranceles y yo devalúo mi moneda compenso en parte tu movimiento.

La caída fue sutil y aunque los operadores pensaban que el Banco Popular de China había dejado caer conscientemente el valor de la moneda, los chinos hablaban de que era la evolución natural del mercado. Imagino que eso lo decían con una sonrisa en la cara difícil de interpretar para un occidental. ¿Será la cortesía oriental o estos chinos se están cachondeando de mí?

De hecho, así, como quien no quiere la cosa, mencionaban de refilón que en la bajada del yuan podían influir las políticas unilaterales proteccionistas. Desde ese momento asistimos a una lenta y gradual depreciación de la divisa china.

Si al movimiento de los chinos unimos que, en momentos de volatilidad, el dinero busca refugio, la consecuencia es que el dólar sube y que Trump se enfada, porque si ese proceso se acentúa puede acabar sucediendo lo contrario de lo que busca, máxime cuando la Reserva Federal parece ir muy despacio en lo que a rebajar los tipos de interés se refiere.

El problema no es que los chinos hagan perder valor al yuan, sino que la práctica de la devaluación pueda generalizarse como consecuencia de la necesidad de ser más competitivo en un entorno de mayores aranceles y un menor intercambio internacional. Sería entonces cuando asistiríamos a una guerra de divisas de verdad, con muchas monedas implicadas y con efectos potencialmente graves en los mercados financieros.

Así que por el bien de todos espero que la única guerra de divisas sea la que mencionaba al principio, la del monedazo. Aunque suene peligroso y condenable, tiene un efecto muy localizado. Y no nos engañemos, en la mayoría de los casos se queda en intento fallido.