“China nos ha estado robando nuestra propiedad intelectual a un ritmo de cientos de miles de millones de dólares al año y quieren seguir así. ¡No lo permitiremos! No necesitamos a China y, francamente, estaríamos mucho mejor sin ellos”. Este tuit de Donald Trump vale más que 1.000 palabras para reflejar el punto de ebullición en el que se encuentra la caldera de la guerra comercial entre Estados Unidos y China. 

Si no fuera porque estamos acostumbrados a hipérboles en redes, estas declaraciones nos parecerían motivo de ruptura inmediata e inevitable. Las veríamos como el inicio definitivo de hostilidades, la escalada final, en el conflicto que enfrenta a las dos mayores potencias económicas del mundo. Y que dejaría al planeta temblando. 

Una guerra comercial donde aún no se ha dado la gran explosión, pero que se extiende ya demasiado tiempo. Primero fue la administración americana quien, en verano de 2018, disparó una subida de aranceles contra China en productos valorados en más de 200.000 millones de dólares. Pekín respondió con un golpe en productos americanos valorados en 60.000 millones de dólares. 

Tras su entrada en vigor, se dieron un periodo de recuento de daños y propuestas de negociación, con una tregua en la que aplazaron el límite para las siguientes escaramuzas. Las negociaciones se extendieron durante meses en un entorno de desconfianza. Estuvieron a punto de romperse con la detención de la directora financiera del fabricante de móviles Huawei en diciembre de 2018 con acusaciones de fraude. Dichas acusasiones fracasaron en mayo de 2019. 

Trump amagó de pronto con otra batería de aranceles sobre productos chinos que ordenó ejecutar parcialmente pocos días después. Elevó del 10% al 25% la ya anunciada subida de tarifas sobre productos valorados en 200.000 millones, que había ido postergando durante las negociaciones, y amenazó con otro incremento hasta el 25% para bienes valorados en 325.000 millones. Y China respondió a principios de junio poniendo en marcha los aranceles sobre bienes americanos por 60.000 millones. 

En el juego de propaganda, esta nueva batalla volvió a dejar hueco para una nueva fase de negociaciones antes de la cumbre del G20, vista como oportunidad para el cese de hostilidades. Poco duró, sin embargo, el optimismo. A pesar del buen tono aparente en la cita, dos semanas después Trump volvió a amenazar con más aranceles. China respondió con otra carga por 75.000 millones de dólares, lo que motivó el contraataque verbal de Trump a través de Twitter. Finalmente, el pasado 1 de septiembre ambas potencias pusieron en marcha parte de lo amenazado… ¿Era el final? 

Todavía no. En nuevo giro, ambas potencias se concedieron un nuevo periodo de negociaciones hasta mediados de octubre. Y, desde entonces, han ido aprobando medidas de deshielo como gestos de buena voluntad, como excepciones en parte de las tarifas aplicadas. 

¿Hay esperanza o volverán a fracasar las negociaciones? El mundo contiene el aliento. Quienes ven el vaso medio lleno creen que el dolor real que ya está sintiendo la economía mundial por las medidas ya aprobadas y el impacto de la incertidumbre empujará hacia el acuerdo. 

Especialmente, en el caso de China, donde los indicadores de actividad industrial acumulan meses de deterioro. Pero también a nivel global. La OCDE acaba de rebajar con fuerza su previsión de crecimiento mundial hasta el 2,9% para 2019 y hasta el 3% para 2020, subrayando que la tensión comercial está “afectando cada vez más” a la confianza y a la inversión.

Y las empresas también lo empiezan a notar en sus cuentas. Muchas de ellas han puesto en cuarentena los planes de inversión o de construcción de nuevas fábricas que tenían planeadas. Prefieren esperar a conocer la resolución de estas tensiones. Nadie se atreve a decidir la ubicación de una nueva planta en China cuando puede que una nueva tarifa de EEUU convierta en ruinosa la decisión

Como en esas películas en las que algo desvía la atención del monstruo cuando está a punto de lanzar un zarpazo a la presa, la apertura de un proceso de impeachment a Donald Trump en EEUU parece haber sacado el foco de la guerra comercial. Pero, cuidado, en cuanto pasa esa escena, la atención del atacante vuelve a centrarse en su objetivo. Y con el orgullo herido por el ataque en su propio país, y con las elecciones cada vez más cerca, la reacción de la ‘bestia’ es totalmente impredecible y puede ser más violenta que nunca.