Kepa Solaun tiene un pie en la universidad y otro en la empresa. Es socio fundador y CEO en Factor-Ideas for Change, una empresa española que trabaja en proyectos internacionales relacionados con el cálculo de la huella de carbono y las consecuencias del cambio climático. Además, es presidente de la Asociación Española para la Economía Energética.

Su trayectoria académica tampoco pasa desapercibida: es profesor de Economía Ambiental en la Universidad de Navarra y del máster Sustainable Development and Corporate Responsability en EOI. Doctor en Economía, posee dos másteres y un diplomado, y es licenciado en Filosofía y Derecho.

Su trabajo se ha centrado en las implicaciones económicas del cambio climático, el análisis coste-efectividad y coste-beneficio, así como proyecciones de emisiones.

Factor ideas for change: análisis del cambio climático

Factor-Ideas for Change tiene dos líneas principales de trabajo: la consultoría y la intermediación. Ambas han experimentado un fuerte crecimiento en 2020, un 17% la intermediación y un 25% la consultoría. Esto le ha permitido lograr una facturación de más de 5,5 millones de euros.

La mitad de sus proyectos se dirige al sector público. Colabora con entidades internacionales como bancos de desarrollo y Naciones Unidas. En el sector privado, Factor está más presente en Europa, sobre todo en grandes y medianas empresas afectadas por las regulaciones o que se plantean objetivos estratégicos que vayan más allá de los exigidos por las normas.

Kepa considera que El Acuerdo de París, a pesar de su ambición, es un proyecto modesto en medios. Para que los países cumplan con los objetivos se deben fortalecer los mecanismos de control: “Una de las flaquezas es que los mecanismos de control son algo limitados. Los objetivos y compromisos climáticos de cada país se establecen de forma independiente. Y lograr el objetivo global a través de la yuxtaposición de los mismos es una tarea compleja”, explica.

—Habéis tenido en Factor más de 340 nuevos proyectos en 2020. ¿Cuál consideras que ha sido el más importante?

Es muy difícil elegir, ya que hemos tenido muchos proyectos en áreas muy diferentes y en lugares muy distintos. Personalmente he estado más involucrado en proyectos estratégicos de cambio climático.

Entre ellos, estamos trabajando en un proyecto para elaborar la estrategia de cambio climático a largo plazo de Panamá. El objetivo es definir cómo tiene que transformarse el país con la mirada puesta en 2050 para convertirse en un referente de economía baja en carbono y resiliente al cambio climático. Este tipo de proyectos te permiten trabajar con agentes clave en el país y discutir a fondo temas fundamentales de su sistema económico.

En este caso, además, se están teniendo muy en cuenta las circunstancias particulares de las comunidades indígenas. Éstas pueden verse afectadas de manera muy singular por el cambio climático. También estamos trabajando con diversas organizaciones empresariales en lograr la neutralidad de carbono.

Factor ha desarrollado más de 1.000 proyectos de gestión de CO2, eficiencia energética, sostenibilidad o impacto del cambio climático.

Sobre el debate del cambio climático

—Algunos analistas financieros consideran que el boom de las energías renovables responde a una burbuja. ¿Qué opinas?

—La inversión en energías renovables se enmarca dentro de los objetivos y estrategias internacionales para descarbonizar la economía. Si se quiere cumplir con los objetivos mundiales en este campo, será necesario incluso más inversión en este tipo de energías, salvo que otras tecnologías demuestren ser más efectivas.

Más allá de esto, actualmente en la mayor parte del mundo, la generación eléctrica renovable es económicamente más competitiva que las alternativas tradicionales. Es cierto que en la primera etapa de la historia de renovables en España los generadores recibían un nivel de remuneración regulada que era fundamental para la viabilidad de los proyectos. Pero la situación actual es diferente. Los nuevos productores ya participan y compiten directamente en el mercado nacional y, a grandes rasgos, no reciben niveles de remuneración por encima de los niveles típicos del mercado. 

En cualquier caso, para tener un panorama más completo será necesario ver cómo evolucionan las distintas tecnologías en términos de coste y rendimiento.

—Hay un negacionismo climático galopante. ¿A qué se debe esta situación?

—El negacionismo climático forma parte de un marco más amplio de negacionismo general y de desconfianza en la ciencia y las instituciones. Existen razones complejas que explican por qué hay tantas personas que niegan la existencia de la COVID-19 o del cambio climático, cuando apenas han tenido acceso a información científica sobre ello.

Los medios tienden a mostrar los debates de forma dialéctica, lo que no refleja la medida exacta del alcance de ese negacionismo que está circunscrito a divulgadores científicos y no a investigadores. Personalmente, no conozco ni un solo climatólogo negacionista y la presencia de artículos recientes contrarios a la teoría del cambio climático en revistas científicas de prestigio es anecdótica.

—Las empresas reflejan cada vez más en sus informes su impacto medioambiental, la gestión de su consumo y recursos, el origen de sus materias primas y la localización de sus procesos de fabricación. ¿Hay realmente un compromiso en cambiar o es una forma de camuflarse para vender más?

—Percibo un cambio muy importante en la actitud de las empresas en los últimos años. La  sostenibilidad se ha convertido en un factor muy relevante para ellas. En parte, esto se debe a la mayor importancia que los consumidores dan al medio ambiente. Asimismo, los inversores se han dado cuenta de que a largo plazo las empresas más sostenibles ofrecen mejores resultados y están expuestos a riesgos menores que las que no lo son. Se trata de una situación que ha generado una presión en las compañías cotizadas que les obliga a actuar con más decisión en este ámbito.

Evidentemente, como en tantas otras cosas, las empresas tienen que vender sus productos y en esta fase nos encontramos a menudo con exageraciones o imprecisiones. Por eso es tan importante que el consumidor esté informado y disponga de herramientas para separar el grano de la paja.

—¿Cuál es el greenwashing más habitual?

—El más habitual es el que no especifica la información. Hay muchos anuncios que se centran en imágenes relacionadas con la naturaleza o la sostenibilidad, pero no aportan datos ni medidas o propuestas concretas. En este sentido, el consumidor debe tener sentido crítico y no aceptar propuestas que no aporten información concreta.

—¿Debe sentirse culpable el ciudadano que quiera viajar a la Polinesia Francesa, comer muchas hamburguesas o comprarse un coche que no sea eléctrico?

—No creo que la culpabilidad climática sea esencialmente diferente de la culpa moral en general. Vivimos en un planeta en el que el 10 % de la población mundial pasa hambre. Si gastamos dos euros en un helado, esos dos euros no irán destinados a una persona que los pueda necesitar más que yo. Sin embargo, no podemos pensar de esta manera cada vez que tomamos una decisión porque sería abrumador. Y el problema del cambio climático creo que debe abordarse de la misma forma.

No podemos dejarnos llevar por la angustia porque no podemos cambiarlo todo. El mundo no depende solo de nuestras acciones como individuos. Pero, al mismo tiempo, es un imperativo ético que tratemos de actuar para mejorar las condiciones de vida de otras personas y el medio ambiente. Se trata de un balance delicado que cada persona tiene que resolver.

—Michael J. Sandel, un prestigioso profesor de la universidad de Harvard, critica en su libro Lo que los mercados no pueden comprar el mercado de la huella de carbono. Según él se comercializa el derecho a contaminar y se desvirtúa el valor del medioambiente. Considera que es inmoral. ¿Qué piensas al respecto?

—En ocasiones simplificamos un poco los debates. Es verdad que en los mercados de carbono se puede comprar y vender el derecho a emitir CO2. Pero se trata de un mecanismo que tiene dos partes: tope y comercio. Primero se establece un tope a la cantidad de emisiones y se reparte un número limitado de derechos a emitir. Posteriormente, se permite que los participantes intercambien esos derechos.

Si el tope se establece con criterios ambientales, conseguir el objetivo está garantizado. No importa cuántas transacciones haya porque el número total de derechos nunca excederá el tope fijado. De alguna manera, opera de forma muy similar a un impuesto: Aquellos que contaminan tienen que pagar por el daño social que causan.

Es importante entender que las emisiones de CO2 no son el residuo de un proceso específico, sino que están involucradas en casi cualquier actividad humana: el transporte, la electricidad, la producción de alimentos, los residuos… La solución es mucho más compleja y no puede plantearse una simple prohibición.

Me gustó mucho el libro de Sandel, pero en su crítica al mercado de la huella de carbono no propone alternativas. La solución no es perfecta, pero no hay muchas herramientas que permitan reducir de manera eficiente las emisiones GEI a nivel planetario y con la rapidez necesaria. Me gustaría saber cuál es la solución que él propone y comprobar si realmente sería eficaz en este contexto.

El papel del ser humano en el cambio climático

—Por un lado, hay una tendencia a ver al ser humano como el devorador y enemigo de una naturaleza que debe conservarse virgen. Por otro, existe una comprensión mercantilista que considera la naturaleza un mero recurso. ¿Qué papel jugamos?

—Es una pregunta extraordinariamente complicada. Personalmente, creo que ambas visiones explican algo de nosotros. Como decía Savater, estamos en un equilibrio entre el terrible homo homini lupus y el benigno homo homine deus. La aventura de la ética parte de un punto de intermedio, con muchas luces y sombras (homo homini homo).

La historia de nuestra especie está ligada a la colonización de nuestro planeta, el consumo de recursos y diversos episodios de extinción masiva. Nuestra tremenda capacidad de supervivencia conlleva una enorme capacidad de destrucción. Pero la historia también nos enseña que hemos sido capaz de resolver grandes retos colectivos que van más allá de nuestro propio bienestar. El bienestar humano genuino y el de la naturaleza van en realidad de la mano. Como dice el Papa en la encíclica Laudato si, “nada de este mundo nos resulta indiferente”.

—¿Por qué estudiaste filosofía?

—Una vez le preguntaron a Ortega y Gasset para qué servía la filosofía y respondió: “para nada, solamente para vivir”. Siempre me ha encantado esta anécdota. Mi impulso no fue la búsqueda de soluciones prácticas, sino la respuesta a una serie de dudas que uno se plantea y que le ayudan a organizar las cosas del vivir. Mientras estudié filosofía tuve la oportunidad de leer algunos textos que, sin exageración, me han cambiado la forma de vivir y de entender el mundo.

Más allá de eso, creo que una formación filosófica ayuda a ver con amplitud cuestiones que surgen en cualquier disciplina y a entrenar una mente crítica y discursiva. Cuanta más filosofía lees, más sencillo es relativizar los mensajes de aquellos que creen estar en posesión de la verdad absoluta.

—Acabas de publicar el libro Environmental Economics: A guide for practitioners. ¿Cómo se compatibiliza la labor empresarial con tu proyección académica?

—En mi caso es sencillo porque enseño e investigo sobre aquello a lo que dedico mi actividad empresarial. Son dos caras de la misma moneda. Trabajar en Factor me ayuda a comprender en la práctica los grandes problemas de la economía ambiental y a compartirlos de una forma práctica. También, y esto está relacionado con la pregunta de la filosofía, te ayuda a ser un poco ecléctico y a no perderte en discusiones académicas de salón, de escasa relevancia real.

Precisamente ese es el objetivo del libro. No conozco ningún libro sobre esta temática que explique de manera práctica y aplicada los conceptos básicos de la disciplina, con atención a las personas que no tenga una formación específica en economía. De momento, la buena acogida del libro parece una señal de que era un enfoque necesario.

También te puede interesar:

Entrevista a Auara: el agua embotellada que financia proyectos de acceso a agua potable

Andrea Barber, la CEO que está revolucionando la energía solar