El dinero, la inversión, la especulación siempre se han relacionado con mentiras, corrupción, avaricia… ¿Recuerdan la película El Lobo de Wall Street? ¿Aquella que estaba protagonizada por Michael Douglas? Reflejaba el mundo de la inversión como un conjunto de personas sin escrúpulos, manipuladoras, chantajistas, personas ansiosas de poder y ambición desmedida. 

Recuerdo otra película, más actual. La que cuenta la historia de Facebook y el rápido ascenso de unos jóvenes en el mundo de los negocios. Hay una frase que dice algo así: “Un millón de dólares no mola. ¿Sabes lo que mola? Mil millones de dólares”. En la película trasladan la idea de que, para algunos, el dinero importa más que nada, importa más que la amistad. 

La visión que tenemos del dinero está cambiando. ¡Vaya si está cambiando! Es una ola verde que recorre el mundo entero, un tsunami que ha entrado de golpe en los parqués de las principales ciudades del mundo. Es verde porque lucha contra el cambio climático, porque busca una mayor eficiencia energética, porque trae aires menos contaminados y una mayor conciencia por lo sano, lo duradero y el cuidado del planeta. Los expertos lo llaman finanzas sostenibles o inversión responsable. ¡A mí me gusta llamarlo inversión de futuro!

Dicen que no es una moda, que está aquí para quedarse; cuentan que es rentable y menos volátil; que reduce riesgos y que es ya una demanda incesante por parte del inversor institucional e incipiente aún por parte del ahorrador minorista. Cuentan, además, que son las nuevas generaciones —los millennials— y también las mujeres las que tienen una mayor conciencia social y medioambiental; y que están convencidos de que con sus acciones en el día a día y con su inversión pueden cambiar el planeta. Pueden hacer un mundo mejor. Eso sí, con hechos: no usar plásticos, no derrochar agua, reciclar papel y cartón… 

Uno puede excluir de su cartera de acciones empresas que contaminen, que utilicen carbón para sus procesos de producción, fabricantes de armas, tabaqueras o fabricantes de comida procesada que abusen del azúcar o que no tengan políticas de diversidad en sus plantillas. Uno puede, más que incluir en cartera fabricantes de envases de cartón, compañías que introduzcan sistemas de eficiencia energética en sus procesos, empresas que cuenten con políticas de igualdad y diversidad entre sus empleados. 

Los que saben de bolsa, de inversión y asesoramiento aseguran que es rentable, que apenas reduce el universo de inversión y que sí reduce riesgos y, por tanto, mitiga la volatilidad. ¿Quién da más? Falta que los bancos formen a sus plantillas: banca privada, banca personal y a toda su red comercial para que extiendan esta ola verde a todos sus clientes. Falta una regulación unitaria: que todos los actores, empresas, mercados, inversores, asesores financieros, distribuidores, sepan cómo medir esa conciencia medioambiental que nos sacude. 

Queda un largo camino por recorrer, pero el sendero está marcado. No hay marcha atrás.