El mundo de las finanzas suele parecernos lejano, un hábitat con un microclima especial en el que cualquiera de los no iniciados nos sentimos extraños. Tal vez por esa razón el lenguaje financiero nos suele parecer enigmático. No sabemos muy bien qué hay detrás de los palabros que esa gente maneja ni, para qué engañarnos, hacemos mucho esfuerzo por comprenderlos.

Sin embargo, todo lo que sucede en ese hábitat arcano acaba teniendo consecuencias en nuestra vida. Si el Estado tiene que pagar más por la deuda pública, hay menos dinero disponible para educación, sanidad o infraestructuras. Bueno, o nos suben los impuestos. El alza o la bajada de los tipos de interés determina la cuota de nuestros préstamos al consumo o hipotecarios. Así, incide en el dinero disponible para otros gastos. Algunos cambios normativos relacionados con el sector bancario pueden hacer que el crédito se facilite o se endurezca y puede afectar a nuestra empresa si necesita financiación. Podría seguir con muchos ejemplos más que ilustran la necesidad de hacer un esfuerzo por entender mejor una actividad que influye en nuestro día a día, pero tampoco es cuestión de amargarse. Ni de cansarse.

El mundo de la finanzas es tan solo un territorio más de la actividad de las personas, pero con un jerga específica. Quien es ajeno a un sector conviene que se remita al sentido común. Pensemos por un momento que tenemos unos ahorros de los que nos gustaría obtener una cierta rentabilidad. Después de investigar un poco, valoramos las distintas opciones que nos ofrece el mercado y nos planteamos tomar una decisión. No hay mejor criterio de decisión que la sabiduría popular: «No pongas todos los huevos en la misma cesta». A esto, los de las finanzas le llaman «diversificación».

A poco que pensemos, la decisión de diversificar, de nos jugárselo todo a una única inversión, parece lo más lógico. No en todo lo que hacemos es posible diversificar. En un restaurante, por ejemplo, habría que pedir varios primeros, segundos y postres. De esa forma, aunque algunos platos no nos gustarán, seguro que otros serían de nuestro agrado. En finanzas es más fácil hacerlo (no hay que comer hasta reventar).

Con demasiada frecuencia, los inversores no profesionales se olvidan de la necesidad de protegerse a través de una cartera con distintos activos financieros. Concentrar tu inversión en solo uno de ellos es tener un elevado nivel de exposición a los vaivenes del mercado. Bien es cierto que para los niveles de inversión que puede manejar un pequeño ahorrador, la teoría de la diversificación suena muy bien pero casa mal con el dinero disponible. Si mi mini inversión la diluyo en varios tipos de títulos, es probable que me proteja, pero el retorno esperable será más bien escaso.

Si hiciera un escáner de mi mente diversificada en plena actividad, diría que debo invertir en renta fija para tener mayor seguridad. Y en renta variable para tener una ganancia potencial mayor aunque suponga riesgo. Dentro de la renta fija, tal vez debería incluir la de países emergentes, porque se está pagando tan poco por los bonos que si no incluyo a esos países casi no obtengo nada.

Por otra parte, en cuanto a la renta variable, debería diversificar por sectores y, dentro de cada sector, también por empresas; la diversificación geográfica también es importante, ya que uno no debería depender de la evolución bursátil de un único país; también deberíamos tener en cuenta el tema de las divisas y no tener nuestra cartera centrada solo en una de ellas.

Si yo aplico toda esta combinación de criterios a mi inversión potencial, lo primero que me pasa es que me bloqueo más que Vinícius delante de portería. Lo segundo es que el volumen de inversión por título sería tan insignificante que me acabaría dando la risa. Como a los del Barça con Vinicius, pero ya se hará mayor.

Lo que quiero decir con esto es que el pequeño inversor tiene que convivir con el riesgo de que no poder tener muchas cestas, porque si en cada una de ellas no puede poner por lo menos un huevo, corre el peligro de romperlos en el reparto. Por tanto, en ese caso es mejor buscar activos financieros colectivos que en su estructura ya contemplen la diversificación.

Personalmente, no tengo ni el tiempo ni el conocimiento ni el volumen de inversión que justifique que me plantee tomar las riendas de mi estrategia diversificadora y creo que es mejor optar por esos productos que antes mencionaba adecuándolos al nivel de riesgo que estoy dispuesto a asumir. Si un día soy como Warren Buffet me lo replantearé, aunque ahora que lo pienso me gusta más su apellido que su nombre. Warren suena a «guarren», pero donde haya un buen buffet que me quiten lo «jamao».