«La salud es lo que importa», una frase que todos hemos utilizado en alguna ocasión. Excepto en aquellos casos en los que la persona se ha enfrentado a una enfermedad o trauma importante, se repite el dicho sin más convicción que la lógica del sentido común. Resulta que solemos comer más de lo que deberíamos, bebemos alcohol, no prestamos la atención debida al colesterol… Es decir, que afirmamos que la salud es lo que importa y luego la cuidamos mucho menos de lo que sería conveniente.

Lo que no solíamos afirmar hasta que los hechos nos han dado un bofetón  de realidad es que, lo que también importa y mucho, es la salud colectiva. Era algo que dábamos por hecho. Podíamos pensar que cualquiera llegaría a enfermar, pero no concebíamos que en pleno 2020 pudiera aparecer un virus que, de un plumazo, cambiara nuestra forma de vida.

Sí, sabíamos que en algunos países el ébola había causado estragos. Siempre lo hemos atribuido a que eran países con una menor higiene pública, y unos sistemas sanitarios cuya capacidad distaba mucho de las de países avanzados. Resulta que no. Ese enemigo invisible llamado virus ha venido a demostrarnos que somos infinitamente más vulnerables de lo que nos creíamos. Nos ha obligado a encerrarnos en casa, cambiar nuestras costumbres y crear una incertidumbre con la que es difícil convivir. Y, por la fuerza de los hechos, hemos comprendido que la salud colectiva es de una importancia capital.

¿Salud, dinero y amor?

Decía la canción: “Tres cosas hay en la vida: salud, dinero y amor”. Hoy, desde luego, “el que tenga esas tres cosas, que le dé gracias a dios”. La pandemia nos ha hecho ver que, sin salud, el dinero se resiente, que no hay economía que soporte su impacto sin afectarse gravemente. Estamos comprobando que los efectos van a ser más duraderos de lo que nos decían cuando todo empezó. 

Cuando creíamos que habíamos empezado a remontar la situación, ha venido la segunda ola de la pandemia y hoy nuestro desánimo va en aumento. Porque, a modo de ejemplo, no sabemos cuándo acabarán los contagios masivos, cuánto podremos resistir la actual situación económica ni si nuestros hijos acabarán el curso. Y, por si fuera poco, hemos comprobado que mucha gente no acaba de asumir la gravedad de la situación y reproduce unas conductas de riesgo socialmente inaceptables.

En este contexto, necesitamos encontrar algún agarradero para la esperanza. Sabemos de la profesionalidad y entrega de nuestros sanitarios, que ahora saben mucho más de cómo enfrentarse a una enfermedad prácticamente desconocida en su momento. No olvidemos que vienen de un desgaste psíquico y emocional que les ha dejado tocados y que tardarán en recuperarse de lo vivido. Hoy, probablemente, necesiten de esos aplausos más que al inicio. Tratar a los profesionales sanitarios con el respeto que merecen es lo mínimo que podemos hacer con una de las pocas luces de nuestra esperanza.

¿Destinamos suficientes recursos a la salud?

La otra luz para la esperanza tiene que ver con las vacunas. No sé si somos conscientes del esfuerzo para tratar de disponer de una vacuna en poco más de un año desde que se tuvo noticias de la existencia de la COVID-19. Si dentro de unos meses contamos con vacunas eficaces que sirvan para reducir el impacto de la pandemia, estaremos ante un hito en la historia de la investigación biomédica. El esfuerzo humano y económico que hay detrás de esos desarrollos, así como los riesgos de sus impulsores, es algo que deberíamos conocer y valorar.

De esta experiencia, debemos aprender que el sector de la investigación biomédica y farmacéutica es un sector de futuro que hay que cuidar especialmente. Porque de él no sólo va a depender nuestra salud y la pública, sino un futuro económico que ahora sí sabemos que es vulnerable.

Hay sectores que salen tocados: unos temporalmente, otros seguramente con un cuestionamiento de mayor calado. Pero ciertas empresas salen reforzadas en la medida en que comprendamos que, si no apostamos por ellas, nuestro futuro será simplemente peor. No estaría mal que, de aquí en adelante, sepamos que nuestros recursos e inversiones públicas y privadas deben tener uno de sus focos en todos aquellos que se dedican a cuidar de nuestra salud.