¿Cómo prepararnos para vivir 100 años en un mundo cada vez más tecnológico? Vamos a dar unas coordenadas para navegar una existencia cada vez más compleja y longeva.

¡A los datos!

Primero, vayamos a las cifras. Los académicos Lynda Gratton y Andrew J. Scott calculan, basándose en los datos obtenidos de la Human Mortality Database de la Universidad de California, Berkeley y del Instituto Max Planck para la investigación demográfica, que los nacidos en 1977 podrán vivir hasta los 93 años; en 1987, hasta los 97; y en 1999, hasta los 99. Por supuesto, los nacidos en 2007 superarán los 100 años de vida. Es cierto que el Instituto Nacional de Estadística no es tan optimista y entiende que los nacidos en 2007 en España vivirán solo hasta los 81 años. Sin embargo, todo apunta a que nuestras vidas serán cada vez más longevas. Y esto exige repensar las estructuras más básicas de nuestra existencia.

Navegar una nueva narrativa vital

Algo genuinamente humano es contar historias. De niños, necesitábamos un cuento para irnos a dormir. De adultos, necesitamos ser capaces de narrar nuestra propia vida de modo coherente para vivir con paz. A menudo, la vida humana se ha comprendido en tres etapas muy definidas: una primera dedicada en exclusiva al estudio y la formación que dura hasta nuestra veintena; una segunda, de trabajo y de asunción de responsabilidades; y una tercera, de jubilación. Esta estructura, sin embargo, ya no responde a nuestra realidad.

En el escenario profesional en el que vivimos, no es razonable pensar que uno puede entrar en su empresa con veintitrés años y salir jubilado, tras décadas en el mismo sitio y sin formación entremedias. Ya casi nadie se plantea la veintena como la época de casarse, asumir compromisos profesionales y entrar ya en la rueda de las responsabilidades. Esa época se ha convertido más bien en un periodo para ganar las habilidades que hacen falta para una vida profesional más larga y con muchos estadios distintos. De ahí que el académico Jeffrey Arnett emplee el término adultez emergente (emerging adulthood) para referirse a una nueva época entre la adolescencia y la edad adulta.

Creatividad, nuevo eje en el trabajo

Además, muchos puestos de trabajo se van a tener que reinventar a causa del auge de la técnica. Por eso, Gratton y Scott entienden que las profesiones que saldrán ganando son aquellas que involucran un elemento creativo. Este panorama constituye un reto apasionante porque responde de un modo mucho más pleno a nuestro deseo de conocer.

Nuestro contexto actual ha normalizado la necesidad de formación continua, las ganas de aprender siempre más. De hecho, como escribió el campeón de ajedrez Garry Kasparov, “la inteligencia artificial va a cambiar todos los aspectos de nuestra vida diaria, pero no cambiará nuestra naturaleza: la revelará”. Esta misma idea la expresa con otras palabras el profesor del MIT Erik Brynjolfsson, que habla de una “Atenas Digital”. Esta expresión hace referencia a que, del mismo modo que la filosofía surgió en Atenas porque había esclavos que hacían las tareas y esto les dejaba a los filósofos tiempo para pensar, los esclavos digitales (las máquinas) podrán librarnos de algunas de las partes más arduas de nuestro trabajo y nos permitirán enfocarnos en actividades que nos apasionen o en las tareas más significativas.

Aprender gracias a la edad, no a pesar de ella

 “Ya no estoy en edad de aprender. Estas cosas o se hacen de joven o ya no se hacen”. Esta frase arquetípica de café a las doce sintetiza la visión de muchos adultos que no se ven con fuerza de formarse en nuevas habilidades. Sin embargo, el tópico de que con el tiempo se pierde capacidad de aprender no es más que eso: un tópico. El cerebro puede retener mucha más neuroplasticidad de la que imaginamos y, como un músculo flexible, recordar habilidades que se habían perdido. El problema no es la edad, sino el estar excesivamente acomodados. En palabras de la psicóloga Denise Park: “Cuando estás dentro de tu zona de confort, puedes estar fuera de tu zona de mejora”.

Además, hay un tipo de inteligencia que solo se puede ganar con la edad: la cristalizada. Este término hace referencia a la información, conocimiento y sabiduría que solo se logra en el contexto de toda una historia de aprendizaje. Por eso, resulta muy esperanzador lo que explica el artículo When does cognitive functioning peak?: “A una edad determinada, se mejora en algunas cosas, se empeora en otras, y se está en una meseta en otras. Probablemente no hay una edad en la que se esté en la cima de la mayoría de las cosas, ni mucho menos en todas ellas”.

Moraleja: tengamos la edad que tengamos, estamos a tiempo de aprender. La longevidad no es excusa. Al revés. Si vamos a vivir 100 años, tenemos tiempo de sobra para aprender nuevas habilidades. En este sentido, lo que sostienen Gratton y Scott es que no se trata de encontrar el curso o el máster ideal que nos va a cambiar la vida, sino de generar unas condiciones laborales y domésticas que nos permitan aprender. Muchas veces, esto es incompatible con el estilo de vida ansioso y estresado en el que vivimos.

Lo que necesitaremos para la plenitud

Esta ansiedad se puede agravar por motivos económicos. Y es que debemos saber que el sistema de pensiones es insostenible si no se adapta a esta nueva realidad. No lo digo yo. Lo explican Gratton y Scott en su libro The New Long Life (Bloomsbury, 2020). En Europa, se espera que la población por debajo de los 65 años caiga un 20% en los próximos cuarenta años. Eso supone una reducción del 0,5% anual en el PIB per cápita europeo. La estructura no se sostiene. Quizá lo entendamos mejor si nos remontamos a sus orígenes: cuando en 1908 en el Reino Unido se pusieron en marcha las pensiones, la edad para empezar a cobrarlas eran los 70 años. Sin embargo, la esperanza de vida de los nacidos 1838 —que eran quienes podían cobrarla— era de 45 años. Esto quiere decir que había poca gente que cobraba pensiones durante poco tiempo. Ahora, es justo al revés.

La única forma de asegurarse la propia jubilación es a través de la inversión. Más si vamos a vivir 100 años. Sin embargo, ni nuestro plan de pensiones ni nuestras finanzas deben configurar nuestra narrativa. Al contrario, debemos adaptar las cuestiones económicas al estilo de vida que elegimos.

Lo primero es lo primero. Siempre

Hemos descrito un contexto lleno de incertidumbres y de oportunidades. Vivir 100 años supone un gran reto. Sin embargo, la fuente de la felicidad humana no ha cambiado. El Grant Study de Harvard estudió una muestra de unas 700 personas a lo largo de 75 años para entender la causa de la satisfacción con la propia vida. Lo que mostró ese estudio es que lo más radical en la felicidad es la calidez de las relaciones personales. El director de ese estudio concluyó: “La felicidad es el amor. Y punto” (“Happyness is love. Full stop”). Quizá para este viaje no necesitábamos alforjas: ya nos lo dijeron los Beatles. All you need is love.