Ingresar. Gastar, gastar, gastar. Quejarse de lo gastado. Somos más repetitivos que un bocata de ajo. En este proceso cíclico existe un abanico de variables fácilmente modificables para recortar esos gastos de manera considerable. Eso sí, es preciso dejar por el camino estos cinco pecados y dejar de tirar dinero.

Euforia
Cada mes pasa lo mismo. Te entra la nómina y pasas de pelele a rey del mambo en un momento. Enseguida toca gastarlo en algo, ¡ya han salido las entradas del Mad Cool! Para cuando te has espabilado, tu cuenta bancaria vuelve a bailar sobre límites incómodos. Dicen que pasa lo mismo con los bonus extra; en cuanto te llegan, te los ventilas.

Pereza
Llega el típico domingo de mal tiempo, prefieres quedarte en casa y el resultado es desolador: excursiones cada dos por tres al frigorífico, la luz de la cocina encendida y calefacción a tope para combatir la ciclogénesis explosiva a la que te sometes lejos de tu manta. La guinda viene en forma de rider. Qué sentido tiene ponerse a cocinar cuando tienes tu restaurante preferido a golpe de dedazo en tu smartphone. Y además ahora ponen tan fácil hacer la compra con el pijama puesto que resistirse sería delito.

Para cuando decides moverte del sofá, la pereza vuelve pegajosa a por ti. Darse de tortas en el metro por un centímetro cuadrado con un tipo desagradable tosiéndote encima no parece nada apetecible cuando podrías estirar las piernas en un Cabify y humedecer los labios en agua —encartonada y con tapón vegetal, obvio—.

Foto: Vikot Forgacs/Unsplash
Ir en metro no es para tanto, relájate. FOTO / VIKOT FORGACS

La realidad es distinta. ¿Por qué no preguntas a tu bolsillo su opinión? No le das un respiro al pobre. Vamos a hacer un experimento: desempolva los cacharros de la cocina, prueba a ir en autobús al trabajo —caminar no siempre provoca úlceras, por cierto— y no pidas comida a domicilio esta semana. La pereza te hace tirar el dinero. Y lo sabes.

Gula
Por supuesto, tú eres de los que no pueden ir a la oficina sin antes hacer una parada reglamentaria en la cafetería de turno: cafecito, tostada con tomate y botella de agua. Así sí puedes empezar el día. ¿Cómo dices?, ¿echar el café en casa?, ¿llevar un termo en lugar de gastar para tres cafés al día? Menudo disparate, eh. Tampoco es un gasto excesivo.

No, qué va. No me hagas sacar la calculadora e ir sumando el euroypico diario que te dejas en cafeína. Lo de la botellita de agua es de traca. Tan innecesario como el botón de repuesto que viene cosido por dentro de las camisas. Tampoco es plan de ir con una cantimplora por la vida pero, no sé, ese gasto se evita rellenando la botella en un grifo. Listo.   

Si dejaras de tomar café por ahí, ahorrarías bastante más dinero.
«No puedo aguantar sin mi cafecito por la mañana». Compra un termo, amigo. FOTO / JASON BETZ

Ceguera espacial
No planificar la semana incurre en más gastos. Me refiero en cuanto a calibrar la dieta semanal. Hasta que aprendes a medirte, conocer tus tiempos y experimentar con ingredientes, tiras una cantidad hiriente de comida. No sé en qué momento te pareció buena idea comprar cinco kilos de patatas si te vas pasado mañana de vacaciones. ¿Recuerdas que te dio pereza hacerte una ensalada rápida el otro día? Los tomates ahora están blandos y los vas a tirar a la basura. Tienes un tarro en el frigorífico que tiene más años que tu sobrino. El cajón de las bolsas de plástico está a rebosar porque siempre olvidas llevarlas al supermercado y has tenido que volver a comprarlas. Escenas típicas que te has encontrado alguna vez por culpa de no afinar esa visión estratégica.  

Autoengaño
Para lo que sí creemos tener una visión impoluta es para detectar gangas. Suele pasar cuando hacemos frente a una inversión importante en algo realmente útil y necesario: un portátil para trabajar, un móvil potente, un coche nuevo. Ahí es cuando encontramos ofertas buenísimas. Pero nada más lejos de la realidad. Al cabo de un año, el portátil reacondicionado por el que te ahorraste 100 euros te empieza a dar problemas de batería. Chapeau. A veces, comprar barato equivale a comprar dos veces.

Cada uno tiene hábitos distintos, pero aquí un consejo gratis que a mí me sirvió (y me sigue sirviendo). Prueba alguna de estas aplicaciones gratuitas en el teléfono, haz la prueba durante algunas semanas y me cuentas si dejas de tirar el dinero.