Contrato fijo indefinido, catorce pagas anuales, vacaciones pagadas y, a poder ser, rascar algún bonus a final de año. Ese ha sido el sueño tradicional de cualquier trabajador hasta ahora. Pero las nuevas generaciones también hablarían de flexibilidad de horarios y de ser sus propios jefes. De acuerdo. ¿Pero hasta cuándo?

Identificar un fin de ciclo nunca ha sido fácil. Ni en una relación de pareja, ni para un jugador de fútbol que ya no está en su plenitud, ni para un grupo de música que ya no lanza tantos éxitos como al principio. Para nadie.

Es cierto que hay veces en las que el árbol cae por su propio peso. Es lógico aspirar a un cambio laboral cuando las condiciones no son las idóneas: demasiado estrés, aburrimiento, salario bajo o mal ambiente en la oficina son motivos habituales para bucear en LinkedIn o tirar de contactos con la esperanza de que alguien se fije en nosotros.

Pero también puede pasar que, aunque no estés en el trabajo de tu vida, la tan popular zona de confort te haya atrapado. Estás en un punto donde no hace ni frío ni calor. Donde el nivel de exigencia es relativo, los compañeros son majos y las condiciones no están mal. O mejor aún: tienes un puesto donde te sientes realizado con lo que haces, cobras bien e, incluso, puedes conciliar tu vida laboral con la personal. ¿Por qué cambiar?

Hace unos años, Luis Huete, pensador de referencia en management internacional, afirmaba que los ciclos en un trabajo deben durar entre cinco y siete años, si no, la rutina hará que esa persona entre en decadencia. Además, apuntaba cuatro puntos clave que todo empleado debe buscar:

  • Cierto logro profesional.
  • Una empresa o institución donde valga la pena comprometerse.
  • Un lugar adecuado para encontrar relaciones humanas de valor añadido.
  • Un sitio donde haya un sentido de propósito elevado.

Aunque los motivos que señala Huete siguen vigentes, el desarrollo profesional de los millennials y la incorporación al mercado laboral de la generación Z han acelerado los tiempos de cambio. Ahora es complicado encontrar a alguien menor de 40 años que lleve un lustro trabajando en la misma empresa.

La mayor especialización laboral, los puestos de nueva creación y el creciente inconformismo de las generaciones más jóvenes hacen que la rotación esté a la orden del día y que no sea extraño ver curriculums con muchos puestos diferentes en poco espacio de tiempo.

Entonces, ¿existe una fórmula exacta para saber cuándo cambiar? Como bien decíamos al principio, es complicado detectar el fin de un ciclo. Todo es cuestión de examinarse a uno mismo: ¿estoy contento con mi salario? ¿Y con las condiciones de mi trabajo? ¿Me llevo bien con mis compañeros? ¿Estoy comprometido con lo que hago o dejo que pasen las horas frente a la pantalla porque nadie me exige grandes cosas?

También es preciso poner el foco en la situación personal de cada uno. Las circunstancias de un veinteañero que aún vive con sus padres no son las mismas de quien se acaba de comprar una casa o las de quien está ahorrando para pagar la universidad de sus hijos.

Si tu trabajo actual ya no te motiva, ¿por qué no hablar con tu jefe para ver si se pueden cambiar tus funciones? Las condiciones o el ambiente en la oficina no son los idóneos, ¿por qué no buscar un cambio? Si crees que estás estancado en tu sector, ¿por qué no buscar nuevos retos cursando un máster o explorando ofertas?

La decisión solamente es tuya, nadie mejor que tú sabe lo que te conviene. Pero recuerda: quien se queda parado no avanza, quien no arriesga no gana.