Con luces largas

La bautizamos entre todos como la guerra del taxi pero como en todo conflicto hay, por lo menos, dos contendientes: taxis versus VTCs. Son los primeros los que le otorgaron el carácter bélico a la confrontación con sus competidores digitales. «¡Guerra, guerra, guerra!» fue, de hecho, el eslogan que más repitieron durante los episodios de huelga que han protagonizado en los últimos tiempos. La tecnología, en el punto de mira.

Una lucha que lleva meses librándose en las principales capitales de nuestro país. Cuanto mayor es la ciudad, más intensa es la batalla. Barcelona y Madrid han sido, desde luego, los escenarios de los enfrentamientos más cruentos donde hemos visto detenciones, agresiones, cortes de carretera…

Es el saldo más negativo y visible de la rivalidad entre dos formas de entender y desarrollar el mismo negocio. El taxi intenta proteger un modelo tradicional, consolidado, con unas normas más que asimiladas; enfrente, los coches de alquiler con conductor, que han irrumpido en el mercado con una nueva oferta basada en la tecnología y que han ocupado buena parte del espacio en muy poco tiempo.

La falta de una regulación adaptada a la realidad sigue siendo el problema de fondo. El gobierno ha decidido dejarla en manos de comunidades autónomas y ayuntamientos, pero hasta que no se equilibren los derechos y obligaciones de las dos partes el problema seguirá sin resolverse.

La batalla de la imagen hasta ahora la han ganado los VTCs. Con sus aplicaciones tecnológicas y la oferta de un servicio más esmerado («Ellos tiran piedras, nosotros damos agua» es uno de los cánticos que coreaban sus conductores) triplicaron las descargas de sus aplicaciones durante los días de paro.

Así, mientras que el taxi mostraba su cara más tosca y agresiva, las plataformas como Uber y Cabify esgrimían argumentos económicos y de empleo, logrando incluso el apoyo del sindicato UGT.  

La cruda realidad es que la disrupción digital ha afectado a todos los sectores: la banca, la automoción, el turismo, los medios de comunicación, etc. De hecho, muchas empresas han sufrido ya una transformación radical para adaptarse a las nuevas demandas de los clientes. Otras ni siquiera han sobrevivido.

Las ciudades están ahora inmersas en la revolución de la movilidad. Sin embargo, cómo nos moveremos por ellas en el futuro es la gran pregunta. El boom de los patinetes eléctricos de alquiler es el ejemplo más evidente del cambio. Lo que antes era un juguete para niños se ha convertido en un sofisticado producto para adultos, con tanto éxito que ha llegado a inundar las zonas más céntricas de las capitales. Además, los ayuntamientos y la DGT se han visto obligados a fijar con urgencia nuevas normas de convivencia para garantizar la seguridad vial.

La tecnología está ahí y ha venido para quedarse. La cuestión es cómo regular de forma segura y para todos las nuevas actividades; protegiendo a los consumidores, los empleos, el medioambiente… El reto no es sencillo.

Por eso, la fórmula, seguro, no pasa por excluir a nadie. Algunos de los inversores más potentes en VTCs vienen también del sector del taxi. Y no solo los grandes.

Un taxista de Zamora lo ha visto claro, es el caso de Luis Díaz, chófer en Moraleja del Vino, quien posee además la única licencia VTC de la provincia. Confiesa que con su monovolumen de nueve plazas —bien surtido de botellas de agua y caramelos— gana más dinero que con el taxi. No renuncia a ninguno de los dos negocios y asegura que la clave está en conseguir una competencia leal que permita la convivencia.