El arbitraje se ha movido siempre en el terreno de la polémica. No hay partido, especialmente si es de fútbol, que no suscite inacabables discusiones sobre las decisiones arbitrales, siempre filtradas a través del color del equipo que nos encandila. Hemos aprendido a lo largo de los años que casi nada es objetivo. Siempre hay un matiz en cualquier lance que nos permite retorcer la realidad hasta inclinarla de nuestro lado. Arbitrar, en definitiva, consiste en manejarse decentemente con las diferencias sutiles: si el empujón es lo suficientemente intenso para desequilibrar o no; si el balón ha botado por un centímetro dentro de la portería; si en el golpe con el codo hay o no voluntariedad…

La tecnología ha venido en auxilio del arbitraje, pero aun así se ha comprobado que la interpretación sigue por encima de los hechos. Las ayudas técnicas han solventado algunas situaciones. Pero también hemos visto que en otras se ponen a mirar a lo lejos y a silbar como si nada.

El arbitraje financiero se mueve en un terreno parecido, el de lo sutil, el de la pequeña diferencia. Los mercados financieros tienen diminutas rendijas abiertas de ineficiencia por las que el arbitraje financiero busca colarse. Esas rendijas tienen la apertura de la diferencia de precio de un determinado activo en una bolsa con respecto a otra. Cuando un arbitrajista ve ese hilillo de luz decide actuar para obtener un beneficio. Si la acción de la empresa A cotiza en Madrid a 10€ y en Frankfurt a 9,5€, el arbitrista comprará en Frankfurt y venderá en Madrid. Esas ventas y compras afectarán al precio de la acción que finalmente tenderá a equilibrarse en ambos parqués. De algún modo, el arbitraje financiero actúa como un elemento de corrección de las ineficiencias de los mercados, emplasteciendo las rendijas que detecta.

Margen de beneficio

Normalmente, el margen de beneficio de estas operaciones es bastante estrecho, por lo que los volúmenes de inversión que requieren son muy elevados. Si, por ejemplo, el valor de la acción en el mercado donde más cotiza es de 10€ y en el que menos de 9,90€, para obtener una ganancia de 2.000€ sería necesario negociar 20.000 acciones, con un inversión total de 200.000€. Hablamos, por tanto, de una operativa reservada para grandes inversores, con una alta capacidad de manejo de recursos.

Compra venta

Por otra parte, las compras y ventas han de ser prácticamente simultáneas. Con márgenes tan estrechos, pequeñas variaciones en los precios pueden influir decisivamente en el resultado. Para ello es necesario disponer de unas herramientas muy sofisticadas de tratamiento de la información para identificar oportunidades. Me imagino en mi casa, con dos pantallas de ordenador delante, una con la bolsa de Londres y otra con el Ibex 35, intentando localizar diferencias de cotización en el valor de un activo, que encima cotiza en distinta divisa. Moviendo el cuello como si viera un partido de tenis a velocidad de vértigo y con 500 € para convertirme en arbitrista, ya medio mareado creo ver una oportunidad.

En ese momento doy orden de compra, pero en el tiempo que transcurre entre que lo pienso y lo hago, los verdaderos arbitristas ya han hecho y deshecho posiciones, los precios han cambiado y a mí se me ha pasado la oportunidad. Intento parar mi compra, no sé si llego a tiempo y con suerte me da un parraque para quedarme como estaba. Si usted es como yo, deje el arbitraje para un partido de solteros contra casados.

El arbitraje puede operar sobre distintos activos financieros: acciones, bonos convertibles, divisas, futuros… Cuando la ineficiencia aparece, el arbitraje tiene su oportunidad hasta que los precios converjan. Una operativa que permite obtener beneficios con un riesgo controlado.

A cualquiera de nosotros nos gustaría ser capaces de ello, pero como pequeños inversores no tenemos ni las herramientas técnicas ni la velocidad de acción ni el volumen de inversión que posibilita ser arbitrista. Nos resulta más fácil ser arbitrarios a la hora de decir si ha sido o no penalti.