El lobo de Wall Street, la película de Scorsese, tuvo dos efectos: dejar sin Óscar a Di Caprio, que lo tuvo que buscar dos años después vestido de oso panda, y distorsionar la visión de los jóvenes sobre el mundo de la bolsa. Un impacto similar ha tenido sobre el emprendimiento la imagen del genio que inventa una multinacional desde un garaje. Lejos de eso, comenzar un negocio es, más que una peripecia romántica, una necesidad.

Con un 40.9 % de desempleo juvenil en España (Eurostat), lanzarse al barro seduce cada vez a más trabajadores. Según un estudio de PA Digital publicado por Caja de Ingenieros, un 36% de españoles en edad laboral considera que la crisis de la Covid-19 es un buen momento para levantar una empresa. Y casi un 80% de millenials creía hace unos años que el emprendimiento era una forma de «alcanzar la felicidad» (informe de la Fundación MásHumano). En todo caso, es un camino donde lo único seguro es el riesgo y donde el éxito, si llega, suele hacerse esperar.

Entrada al bosque Mbini.

Emprender no es inventar la rueda: cómo ver en lo imposible una oportunidad de negocio

Héctor Nguema (Madrid, 1989) ha llevado lo del riesgo a otra dimensión. De padre guineano y madre española, este ingeniero de 32 años regresó a Guinea Ecuatorial después de graduarse. Y, en noviembre de 2019, fundó Rumbo Malabo, una compañía turística ubicada en el que, según la Organización Mundial del Turismo, es el sexto país menos visitado del mundo. Comparte cola del ranking con zonas de guerra como Somalia, Libia o Sudán del Sur. Sin embargo, esta pequeña nación, colonia española hasta 1968, es pacífica, paradisíaca y de gente amigable y acogedora.

Para Héctor, su olvido se debe a tres factores: el desconocimiento -aunque España fue su metrópoli y es la única nación africana donde se usa la lengua de Cervantes, pocos han oído hablar de ella-, el proteccionismo -conseguir un visado es un desafío a la paciencia- y el elevado precio de los servicios y la hostelería. El resultado, según Héctor, es que los viajeros atraídos por destinos tropicales, «en vez de venir a África a gastar el dinero, se van una semana a Punta Cana por la mitad de precio». Entonces, ¿por qué crear una compañía turística?

Un diamante en bruto por explorar

Su fundador dice que los años en España le hicieron tomar conciencia del diamante en bruto que es Guinea Ecuatorial. «Si los españoles vieran lo que tenemos, preferirían venir en seis horas de vuelo a un país que también habla su idioma antes que chuparse trece para ir a Latinoamérica, que ofrece básicamente lo mismo», apunta. Se refiere a las playas de leyenda, a las selvas vírgenes y a rincones de ensueño como Ureka, Moka o pueblos del interior. «Son sitios que muchos pagarían por visitar si supieran que existen».

Y esa es la labor de Rumbo Malabo: dar a conocer la belleza de su país y que, cuando los turistas lo sitúen en el mapa, decidan visitarlo. Sabe que el éxito hay que perseguirlo paso a paso. La clave del emprendimiento no es una fórmula secreta: «Al final te das cuenta de que no hay que inventar la rueda; sólo hay que coger algo que funcione en otros países, entender la idiosincrasia local, ver cómo se puede adaptar y desarrollarlo».

Puesta de sol en Bata.

La generación que revolucionará África

Héctor representa a una generación que quiere crear sus propios negocios. En su caso, además, darle la vuelta a la dependencia que el país tiene del petróleo. «Hay una ola de gente de entre 25 y 35 años que es altamente emprendedora y cuya misión es crear un legado», explica. No se trata de una élite, sino de «personas normales, de clase media, que han estudiado fuera y han vuelto para dar forma a sus ideas». «Todo el que trabaja aquí busca la manera de emprender, y eso es más importante para el futuro que todo el conocimiento de las empresas petroleras, que tarde o temprano se acabarán», asegura. Está convencido de que el emprendimiento local, «que pasa por crear riqueza alrededor», hará de Guinea un país nuevo dentro de diez o quince años.

Entre tanto, Héctor intenta consolidar su agencia en un nicho, el del turismo, que en 2021 sigue siendo testimonial. De los 5.700 visitantes anuales que la OMT atribuye a Guinea, cree que la mayoría son trabajadores. La cifra real de turistas no alcanzaría los cien. Son, en su mayoría, «coleccionistas de países», personas de 30 a 40 años que visitan todas las naciones del mundo y recalan en Guinea como parte de una ruta más amplia. Suelen tener un alto poder adquisitivo y dedican su estancia —por lo general, breve— a recorrer las selvas y los tesoros naturales.

Héctor quiere convertir a Rumbo Malabo en el referente de esos pocos aventureros. Darles consejo, información y ayudarles con los trámites de llegada. Se muestra seguro de que hay negocio y de que, siendo paciente, conseguirá revolucionar el sector. «Emprender está muy bien, pero lo difícil es mantenerse y no fracasar», asegura.

Confianza en el mañana

Aunque la Covid-19 empañó la empresa de Héctor antes de cumplir cinco meses, mira con confianza al mañana: «Tenemos buenas perspectivas. Poco a poco se está abriendo el país y, como no partimos de ninguna base, cualquier escenario que venga en 2021 será positivo». La paciencia, la confianza en su apuesta, y la ilusión son los ingredientes con los que Héctor espera poder llamarse algún día un emprendedor de éxito. Hasta entonces, sigue siendo ejemplo de una generación que, tanto en Guinea como en España, ha dado un paso al frente para intentar ser dueña -y nunca más rehén- de su futuro.